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Gabriela Martini Armengol
Directora Programa Educación Continua para el Magisterio
Facultad de Filosofía y Humanidades
Universidad de Chile

 

La sociedad del conocimiento es el producto de los procesos de mundialización y globalización y, a la vez, es un medio para la profundización de ambos. La revolución científica y tecnológica permanente ha impactado e impacta en las formas de vida, de comunicación y de organización de los grupos humanos. Ello provoca una dinámica de “cambio permanente” en diversos ámbitos de la vida humana, donde el ámbito educativo no está ajeno.

Prevalece a nivel internacional, la visión respecto del rol clave que le corresponde a la Educación Continua, como educación a lo largo de la vida, en cuanto puede aportar a la mejora de las competencias de trabajadores profesionales y no profesionales. Del mismo modo, existe consenso a nivel global, en relación a la necesidad que tienen las personas en el mundo de hoy, respecto a estar permanentemente vinculados a procesos formativos formales, ya sea como medio de actualización, profundización o especialización.

Producto de lo anterior, diversos autores hablan de la existencia de un “continuo formativo” (que integra la educación inicial, la educación superior técnico y/o profesional de pre y post grado y la educación continua) transformando la vida profesional o laboral de las personas en una verdadera carrera, la que ha de estar constituida por una serie de etapas y mecanismos, todos los cuales apuntan a mejorar las competencias de las personas, esto es, la síntesis de conocimientos, habilidades y actitudes, con el fin de acrecentar sus aportes al desarrollo social y material de sus naciones.

Diversos organismos internacionales han promovido el reconocimiento y la necesidad de promover la educación y los aprendizajes a lo largo de la vida.  Destacan entre estos, el Informe Faure de 1972 y el Informe Delors de 1996 (ambos de UNESCO) o Metas 2021 (OEI). Asimismo, en el Foro Mundial sobre Educación realizado en Corea el año 2015, la Unesco establece que “toda persona, en cualquier etapa de su vida, debe disponer de oportunidades de aprendizaje permanentes, a fin de adquirir los conocimientos y las competencias necesarias para hacer realidad sus aspiraciones y contribuir a la sociedad”.

Por su parte, la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), en su estrategia “Metas 2021: La educación que queremos para la generación de los Bicentenarios”, se propone en la meta General séptima, llamada a “ofrecer a todas las personas oportunidades de educación a lo largo de toda la vida” y dentro de ella la meta 19 que propone “incrementar la participación de los jóvenes y adultos en programas de formación continua presenciales y a distancia”, cuyo propósito final era lograr que en el año 2015 el 10% de las personas jóvenes y adultas participaran en algún curso de formación, porcentaje que debe doblarse al año 2021, llegando al 20% de ese segmento de la población de los países de la región (OEI, 2010).

En este marco, se encuentra el debate en torno a qué es la Educación Continua, encontrando múltiples definiciones en torno a este nivel formativo. La mayor parte de las definiciones coincide en identificarla como procesos de  formación formal, desarrollados por instituciones de educación superior, cuyo objetivo es la actualización, especialización o capacitación profesional y/o laboral.   La Universidad Autónoma Nacional de México, la comprende como un “proceso educativo diseñado, organizado, sistematizado y programado que forma parte de las funciones sustantivas de la Universidad y está dirigido a alumnos, profesores, investigadores y público en general, con el fin de complementar la formación curricular, profundizar y actualizar conocimientos y capacitar profesionalmente en todos los campos del saber, y contribuir a su bienestar personal y social bajo los criterios de calidad y pertinencia distintivos de la institución.” (UNAM, Lineamiento generales de la Educación Continua). Distinguiéndose así del concepto de Formación Permanente, la cual alude procesos educativos formales e informales incluyendo la experiencia que se adquiere a lo largo de la trayectoria laboral.

En nuestro país, si bien múltiples y variadas instituciones desarrollan programas formativos en el ámbito de la Educación Continua, entre ellas las universidades, destinadas a fortalecer las competencias de los profesionales y no profesionales del sector público y privado, existe tanto una escasa conceptualización de la misma así como análisis sobre su impacto. Es más, observamos una ausencia de esta temática en la política nacional educativa, que recoja los planteamientos de los organismos internacionales y que dé cuenta de un planteamiento país para su abordaje, su impulso y su regulación. Sin embargo, tan sólo en 2014, a partir de la sistematización de información proporcionada por 10 universidades chilenas, efectuada por la Red Universitaria de Educación Continua, conocemos que se implementaron más de 4.000 programas de formación de diversa extensión, en los que participaron más de 120 mil personas.

En este contexto la Reforma a la Educación Superior presenta el escenario propicio para desarrollar el debate en torno a este nivel formativo, para la generación de una política de Estado, así como para que la institucionalidad educativa la incorpore en sus marcos de actuación.