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Formación Ciudadana: hacia la transformación de la cultura escolar

Por Gabriela Martini, Directora Ejecutiva del Programa de Educación Continua para el Magisterio (PEC)

 

Durante los años 2015 y 2016 se han formulado, promulgado y entrado en vigencia un conjunto de políticas públicas y leyes que, en lo central, pretenden incidir en el centro de la cultura escolar y las interacciones sociales y pedagógicas que priman en los establecimientos educacionales. Entre éstas destacan la Ley de Inclusión, la Política de Convivencia Escolar (2015-2018) y la Ley de Formación Ciudadana.

Particularmente, la Ley de Formación Ciudadana define como obligatorio, para todos los establecimientos educacionales reconocidos por el Estado, la elaboración de un Plan de Formación en este ámbito, integrado y complementario a los contenidos curriculares. Su foco es preparar a los/as estudiantes para su desenvolvimiento en la sociedad, el desarrollo del pensamiento crítico, el fortalecimiento de valores fundamentales (como el respeto por los derechos humanos y la diversidad), así como propiciar la participación y autonomía de los sujetos de las comunidades escolares.

Más allá del surgimiento reactivo de esta ley, como producto de los resultados de la Comisión de Probidad y Transparencia, sin duda sus contendidos representan un relevante avance en el contexto escolar. Esto se debe a que la ley trae aparejada la restitución del concepto de ciudadanía, entendida ésta como una práctica del ejercicio de vivir en común, interrelacionados, en el marco de una sociedad pluralista, democrática, donde los valores de respeto a los derechos humanos y la pluralidad son un piso mínimo común, superando así –o intentando superar- las nociones asociadas a la educación cívica, centrada en la formación vinculada a la constitución, normativas e  institucionalidad del país.

En este sentido, la formación ciudadana abre la posibilidad de abordar las diversas problemáticas de la sociedad chilena actual; particularmente, la crisis de legitimidad de las instituciones y de la consecuente distancia de los ciudadanos de la política. Permite aproximarse a nuevos marcos de comprensión sobre la participación y el ejercicio de la ciudadanía por parte de los jóvenes, sus vínculos con su entorno (escuela, barrio, país) y reflexionar sobre los problemas y disyuntivas de diversa naturaleza que se presentan en aquel entorno, bajo un nuevo horizonte ético.

Son múltiples los desafíos que la formación ciudadana encuentra en el contexto educativo actual. Uno de ellos se sitúa en la comprensión del espacio escolar y el rol de la participación. Desde esta perspectiva, implica el tránsito desde una concepción de la escuela/liceo como un espacio donde concurre la familia en calidad de clientes consumidores -propio de la sociedad de economía de mercado en la que vivimos- a una escuela como espacio de construcción de ciudadanía, donde la comunidad escolar es un ejercicio de democracia, de apropiación y puesta en práctica de valores construidos en comunitariamente. En este sentido, la participación ciudadana es concebida como un derecho y un deber de todos los integrantes de dicha comunidad.

En el ámbito de la gestión escolar, un reto fundamental se sitúa en lograr una articulación sistémica con el conjunto de planes, programas, normas, leyes que orientan y mandatan la gestión escolar en los establecimientos, lo que conlleva plantearse la integración de los diversos componentes en una perspectiva global, que permita orientar sinérgicamente las diversas políticas e iniciativas. Es decir, abordar la formación ciudadana y en particular el Plan, de forma tal que éste que no se trasforme en un instrumento de gestión más, en un conjunto de indicadores, cuyos resultados deben ser expuestos en el marco del sistema de rendición de cuentas al que están sometidos los establecimientos educacionales. Un nuevo enfoque de la gestión educativa, requiere nuevas prácticas en la gestión educativa.

Otro relevante desafío es también transformar el plan, su marco conceptual, valórico y las acciones que se derivan de él, en elementos transversales de la vida escolar. Que penetren en lo más profundo de la cultura escolar, de su proyecto educativo y curricular, y en las formas de interacción entre los actores que componen las comunidades escolares. Que invada sus interacciones cotidianas, más allá del aula e incluso de la escuela. Es decir, que no se constriña a acciones puntuales, desarticuladas y episódicas: las elecciones de centro de alumnos o de otras instancias estamentales, el día de las nacionalidades, talleres de convivencia y, particularmente, que no se vea reducido a un “ramo” más para los jóvenes de 3º y 4º medio.  

En definitiva, la formación ciudadana y el ejercicio de la ciudadanía implican un cambio cultural profundo, sólo visible en el largo plazo. Lo que está en cuestión es la trasformación de la tradicional estructura escolar jerárquica y autoritaria, así como las relaciones de poder que ésta conlleva, las cuales hoy caracterizan al sistema escolar chileno.