5 (100%) 1 vote

Interculturalidad y educación: el necesario cambio estructural de la escuela. Reflexión a partir de conceptos de Humberto Maturana

Por: Bárbara Valenzuela, Profesora de Historia, Geografía y Educación Cívica; Magíster en Ciencias Sociales Aplicadas.

 

Nuestro sistema educativo no se caracteriza por la reinvención constante. Al contrario, posee una estructura rígida e impenetrable, independiente de las interacciones que pueda tener con el medio, permaneciendo estable por una reproducción autopoiética. Diversas teorías sociológicas podrían fundamentar el postulado anterior (Bourdieu, Foucault, Freire), posicionando a la escuela como un microsistema que contribuye a la reproducción de un sistema mayor, nuestra sociedad, acrecentando así las desigualdades, en vez de acortarlas. Sin embargo, para que un sistema sobreviva, éste debe modificar su estructura en relación al   medio en donde está inserto, el cual se encuentra en permanente cambio. Si no lo hace, al igual que un ser vivo que no pudo modificar su estructura en congruencia con el medio, morirá.

En las dos últimas décadas, se ha extendido el fenómeno migratorio en nuestro país, focalizado principalmente en regiones del norte y la Región Metropolitana. Ello ha modificado considerablemente la composición de los estudiantes y ha puesto al sistema educativo en una tensión abrupta, sin comparación histórica. Esto se observa, por ejemplo, en la significativa incorporación de niños/as y jóvenes no hispano-parlantes procedentes de Haití, en un escenario donde, bajo el “enfoque de derechos” que declara el Ministerio de Educación, se insta a incorporarlos al sistema educativo en una ordenanza oficial, que homogeneiza y genera un sinfín de situaciones adaptativas en nuestras escuelas, con resultados diversos.

De la situación descrita, lo esperable sería un “cambio estructural” propiciado por la interacción con el medio, pero, como dijimos, al no ser éste considerado determinante, el cambio no necesariamente ocurre, permitiendo en la práctica conductas no oficiales de exclusión, con una pervivencia de estructuras convencionales.

La naturaleza conservadora de todo sistema social niega esta necesaria transformación, incluso si ésta emana desde uno de los principios declarativos del Ministerio de Educación: la inclusión. En este sentido, se requiere que los actores de la comunidad educativa, los componentes del sistema escuela, manifiesten cambios conductuales congruentes con los cambios estructurales del medio, de manera de manifestar una conducta adecuada a la nueva situación.

Como los cambios en el medio no son determinantes para el cambio interno de la estructura social, es fundamental el rol protagónico del líder de una comunidad educativa, para que éste pueda hacer una lectura adecuada del contexto y tomar decisiones que conserven su adaptación.

Con el surgimiento de la Ley de Inclusión, los postulados de Maturana sobre la doble naturaleza humana -individual y social[1] – nos invitan a una seria revisión de la estabilidad de nuestro sistema educativo nacional y los mecanismos que éste despliega para la mantención de dicha estabilidad. El surgimiento de la Ley de Inclusión nos da cuenta de una búsqueda de estabilidad a través de la “rigidez conductual”, en donde ya no es el amor ni la genuina aceptación del otro lo que nos acopla estructuralmente, ni como seres vivos, sino que se institucionalizan relaciones morales fundamentadas en una norma.

Así, la observación de las coordinaciones conductuales[2] de las personas que componen ciertos sistemas escuela, pudiesen ser descritas en el lenguaje por nosotros, en calidad de observadores externos, como excluyentes antes que inclusivas, discriminadoras antes que respetuosas, limitantes antes que liberadoras. Estos tipos de comportamiento hacia el otro son grandes obstáculos que niegan un cambio educativo en favor del aprendizaje y desarrollo integral de nuestros niños, niñas y jóvenes.

Lo anterior nos lleva a la necesaria revisión de los conceptos que ya hemos mencionado, por tanto cabe preguntarnos: ¿quién educa?, ¿quién respeta?, ¿quién incluye? Y fundamentalmente: ¿cómo lo estamos haciendo? Las respuestas a estas preguntas permitirán esclarecer aquellos mecanismos de exclusión que a diario ponemos en práctica, a través de nuestras redes conductuales. Estos mecanismos no están descritos por medio del lenguaje, en teorías explicativas, ni tampoco en el ámbito cotidiano, pues en el operar social primario “no hay objetos para los miembros del sistema social, pues ellos sólo se mueven en la coordinación conductual de la acción que han debido adquirir (aprender) al hacerse miembros de él” (Maturana, 2002: 29).

Para dar respuesta a las preguntas señaladas más arriba, es crucial abrir espacios reflexivos en las escuelas para generar un cambio conductual en los actores que las componen y, así, modificar más profundamente las estructuras de este sistema. Ello sólo ocurrirá a través de redes conductuales diferentes, en donde la inclusión, el respeto y lo educativo sean producto de la “pegajosidad biológica”[3], posicionando al “amor” por sobre toda norma.

El rol del director, en un liderazgo entendido no desde la jerarquía, resulta crucial, pues en las escuelas donde se ha producido una modificación en la dinámica estructural interna, podemos observar cambios conductuales en todos los integrantes de la misma. El sistema mantiene su organización, pero se produce un cambio estructural en sus componentes, gracias a una reflexión que debe darse en el lenguaje. El sistema escuela cambia debido a su interacción con el medio, en un encuentro de dominios afines propiciados por el acoplamiento estructural con el sistema social actual. Se develan las teorías que justifican la ausencia de apertura, en palabras de Maturana, donde el “no poder” resignificar nuestras prácticas en favor de una educación intercultural en contextos inmigrantes, puede más bien ocultar un “no querer”.

 

Referencias:

Maturana, Humberto (2002). Transformación en la convivencia. Santiago: Dolmen.

Maturana, Humberto (2006). Desde la biología a la psicología. Santiago: Universitaria.

 

 


[1] Individual, en tanto somos sistemas que nos autogeneramos por medio de la autopoiesis. Social, en tanto nuestra conducta crea una red de interacciones que genera el “sistema social”.

[2] “En el dominio social humano, y como resultado de las interacciones que tienen lugar entre los miembros de una sociedad humana, hay lenguaje cuando hay recursividad lingüística, es decir, cuando un observador ve como coordinación conductual sobre la coordinación conductual(Maturana, 2006: 77).

[3] Concepto de Maturana. El autor señala que la “pegajosidad biológica” puede ser descrita “como el placer de la compañía, o como amor, en cualquiera de sus formas. Sin esta pegajosidad biológica, sin el placer de la compañía, sin amor, no hay socialización humana, y toda sociedad en la que se pierde el amor, se desintegra” (Maturana, 2000: 30).