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La infancia no es un comienzo

Por Lorena Herrera. Académica del Dpto. Estudios Pedagógicos (DEP), Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile. Coordinadora ejecutiva, Comunidad de Indagación en Filosofía e Infancia en Chile (CIFICH). Magíster en Cine Documental. Licenciada en Filosofia. Dramaturga.

 

La infancia no es un comienzo, la infancia es un territorio que debiésemos visitar más de una vez en nuestras vidas, especialmente cuando estamos en búsqueda de un cambio creativo y colaborativo, como lo estamos hoy en tantos aspectos. El problema radica en que se nos enseña a mirarla con nostalgia, a entenderla como un tiempo hermoso en que se nos preparó para la realidad en el marco de nuestra permitida ingenuidad. Nada de eso es cierto, no todo lo vivido en la infancia fue tan hermoso, y tal vez, en aquellos años fue cuando fuimos más lúcidos y menos ingenuos que nunca.

Niño mirando por el agujero de una pared

¿Cómo volver a ese territorio sin caer en el espejismo del recuerdo lineal? De golpe, sólo de golpe nos podemos saltar el tránsito occidental que nos embriaga de raciocinio. Y qué mejor que sea un asiduo habitante de la infancia quien nos de esa primera bofetada de vida. Dejémonos golpear por Nietzsche entonces.

Desde que leí “Verdad y mentira en sentido extra moral”, no puedo imaginar una educación sin antes pensarse desde ahí, situados desde ahí. Todo y toda estudiante de cuarto medio, debiese exigir como derecho humano conocer este texto antes de salir de la escuela; todo y toda estudiante que comienza su formación universitaria no debiera comenzar a sumergirse ni saborear ningún saber, sin antes haber recibido este golpe de mejilla, que con gusto lo hará poner la otra; esta vez no cabe duda ni culpa.

En este breve y liberador ensayo, Nietzsche, nos hace ver que no es posible un real sino más bien una representación – olvidada diría Baudrillard – de la realidad dentro del lenguaje. ¿Hay algún problema en ello? No debería, pero lo hay. Al humano le parece insoportable la idea de que no haya un original –origen- al que visitar en busca de sentido. ¿Por qué? Probablemente porque cuando integra el sentido racional de la existencia, necesariamente asume una dramaturgia aristotélica, por tanto, busca origen, conflicto y desenlace. Pero qué sucede en la representación de la existencia antes de que impere la razón. Sucede la infancia, sucede el círculo, el absurdo, el asombro, el sabor por el saber, como bien decía Humberto Giannini.

Actualmente mucha vanguardia teórica parte del análisis etimológico del concepto de infancia para sostener la idea de la primacía del adultocentrismo en la anulación de la voz de aquellos que, por ser niños y niñas, no tienen derecho a ocuparla. La palabra infancia viene del latín infans que remite a la incapacidad de hablar. Algunos lo han leído como la simple incapacidad de manejar en profundidad el lenguaje, otros como la dificultad de darse a entender en público o de participar de la vida política. En cualquiera de estos sentidos, se ha entendido la infancia como una ausencia de voz-lenguaje y desde ahí se han levantado innumerables análisis en aras de revindicar la participación ciudadana y política de niños y niñas. Veamos qué sucede si des-construimos un poco estas ideas y la necesidad urgente de hacerlo.

Cuando pensamos en este infans como ausencia de voz-lenguaje, estamos, de una u otra forma, sosteniendo un quiebre paradigmático en la primacía de otro mucho más “necesario” de derrumbar, reconocer la experiencia humana tan sólo como el producto de las representaciones de la mente (Descartes) dejando totalmente fuera al cuerpo.

Propongo que pensemos la infancia no como la ausencia de la voz, sino, más bien, como la otredad de esa voz, un lenguaje corporal y gestual, que mientras menos está “inserto en-lo social” dialoga y representa más allá de la razón – y por ende de la moral (como lo hace Nietzsche en la obra aludida). Se trata de avanzar más allá de la cronología y comprender este estado del lenguaje de la infancia más allá de la neutralidad moderna, mucho más allá. Y, a su vez, pensarlo más allá de este ser que está siendo constituido por ese lenguaje que está integrando obligatoria y violentamente, como sostendrían muchos en la actualidad.

Si pensamos en la infancia desde el gesto como voz-lenguaje, nos centramos más en una trama de significantes que no se reducen sólo a significados, de este modo podríamos pensar a la infancia como el territorio de una lengua siempre extranjera que sacude la propia lengua, sea cual sea.

La voz de la infancia en tanto lenguaje o su lenguaje, tendría más que ver con una experiencia en el mundo, un encuentro plural estando dentro de las cosas, como diría Bergson. Ahora bien, no hay que perder de vista la idea de estos gestos como significantes. En el gesto podemos buscar significados, podemos encontrar significados, pero el gesto no significa nada.

De alguna manera, pudiésemos pensar la lengua de la infancia como la lengua de la interrogación, un constante preguntar, pero un preguntar otro sin el ansia de un saber certero, eso viene cuando aparece la verdad, antes la pregunta es el asombro, vale decir, la imposibilidad de la voz, simplemente el gesto ligado al acontecimiento. “Conviene recordar que un acontecimiento supone la sorpresa, la exposición, lo inanticipable…”¹, señala Derrida. Pensemos en la experiencia – pensamos desde fuera – de una persona de entre uno y dos años y su “relación” con – en – el mundo. ¿No es acaso una constante relación con muchos arribantes?

La educación, tal como la estamos entendiendo y “aplicando”, pareciera ser enemiga de este territorio- infancia – pues enseñamos un saber con certezas y sin sabor.

Cuando un ser humano llega a la escuela, alrededor de los 4 años, sin entender por qué y para qué lo han puesto en aquel lugar, es un habitante de la verdad y de la mentira en un sentido extra moral, es un creador de realidad, un movilizador del origen. Entonces comienza esta “educación” que lo despoja del territorio, que lo vuelve extranjero, ajeno, que le va lentamente privando de sentidos, pierde su capacidad de olor, tocar, degustar, escuchar, y, sobre todo, de ver… Cuando han pasado casi 12 años de este violento exilio, en una especie de tortura, se le lee la caverna de Platón, enrostrándole su incapacidad de ver más allá de lo que sus cuerpos atados les permiten… ¿Es cruel el ser humano, no? Homo homini lupus.

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Antes de pensar en gratuidad, cobertura o calidad, habría que pensar en el qué y para qué de esta educación. Tal cual en el sur de nuestro país, este es un tema de territorios, de territorios despojados. Para comenzar bien, lo que sea, hay que reconocer el lugar de cada cual. Yo creo que el lugar del humano es la infancia, y la educación, hoy por hoy, debe darnos las herramientas para habitar ese lugar, o bien para poder acceder a él, cuantas veces sintamos que sea necesario, de lo contrario seguiremos educando para la deshumanización y eso, claro, es muy conveniente.

 


[1]Derrida, J. (2006) Decir el acontecimiento, ¿es posible?. Editorial Arena libros. Madrid. Pp.81