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Tres ideas para educar en ciudadanía a través de las asignaturas

Por Luis Osandón. Académico, Departamento de Estudios Pedagógicos (DEP), Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile.

 

Hoy en día es habitual que en las escuelas se atribuya la tarea de educar en ciudadanía al profesor de Historia; y claro, ello se explica por nuestra tendencia a asociar educación ciudadana con educación cívica, es decir, con la versión jurídico-normativa de la misma. Así, quien tiene los saberes y la formación adecuada para ello, entonces, es el profesor de Historia. Sin embargo, esa versión normativa de la educación ciudadana está lejos de ser el propósito central de la formación de ciudadanos/as en las escuelas de hoy. Al respecto, las nuevas exigencias al sistema escolar sobre estos asuntos, ha puesto de nuevo en escena la idea de que es la escuela, como institución y como cultura escolar, la que debe hacerse cargo integralmente de la formación de las nuevas generaciones, como ciudadanos presentes y futuros. Lo anterior implica asumir que niños, niñas y jóvenes, deben habitar un espacio formativo teniendo presente que se deben aprovechar al máximo las oportunidades que se dan tanto al interior de las asignaturas, como en el conjunto de las actividades escolares que regularmente se llevan a cabo en las instituciones educativas.

En estas breves líneas, aportaremos tres reflexiones que pueden contribuir a abrir el campo de las asignaturas como espacios de formación ciudadana.

 

Lo político es una forma de distribución desigual del poder

Formar para el ejercicio de la ciudadanía implica, necesariamente, convocar a una reflexión de cómo la sociedad en que vivimos se constituye a partir de la desigualdad de poder entre individuos, actores colectivos e instituciones. Se trata, por lo tanto, de partir desde la premisa de que el modo en que vivimos está sujeto a reglas producidas históricamente en el devenir de un grupo social, que ellas han sido producto de acciones y confrontaciones de fuerzas con distintas capacidades de incidencia sobre esas normas. Cuántos derechos tiene un ciudadano frente al aparato institucional estatal, o frente a una empresa, es producto de normas que fueron discutidas y, en un régimen democrático, finalmente votadas con arreglo a mayorías. Si el asunto fuera la incidencia de una organización gremial frente a una política pública, el balance entre derechos y potestades de unos y otros tenderá a reglarse para evitar en lo posible efectos negativos de las diferencias entre ambos. Es decir, en todos los casos los arreglos son fruto de disputas y acuerdos más o menos legítimos según las circunstancias en que se dieron.

 

Las asignaturas deben ser comprendidas como herramientas de comprensión de nuestra vida en sociedad

¿En qué incide lo anterior para la enseñanza de asignaturas de diverso tipo en la escuela? Quizás no sea tan evidente, pero en la medida en que ponemos un contexto situacional a los “contenidos” que debemos enseñar, es muy probable que podamos orientar esos contextos para que refieran a algún fenómeno de la vida social. Un ejemplo bastante obvio es pensar en el uso de nociones básicas de estadística para comprender la legitimidad de las encuestas de opinión. Así, examinar técnicamente reportes de esas encuestas, nos puede llevar a conversar y reflexionar sobre el comportamiento, por ejemplo, de los “indecisos” en esos estudios, lo que de inmediato abre una oportunidad para examinar la relación entre ciudadanía, adhesión política y conocimiento de distintas perspectivas sobre cómo debe organizarse la sociedad. Es una clase de Matemática, donde el conocimiento y dominio de algunos recursos y nociones de la estadística se subordinan y adquieren sentido en un contexto problemático.

Ejercicios similares se pueden hacer en diversos ámbitos, aparentemente alejados de la educación ciudadana. Veamos un segundo ejemplo, como puede ser el caso de contenidos de Química. ¿Qué pasaría si ponemos algunos conocimientos básicos de la química, como la clasificación de la materia en sustancias puras y mezclas (homogéneas y heterogéneas), y sus procedimientos de separación (decantación, filtración, tamizado y destilación) al servicio de la comprensión de los criterios de medición de los contaminantes? Es decir, no solo entender conceptos y procedimientos en abstracto, sino que usarlos como herramientas para discutir la pertinencia de ciertos criterios técnicos, los cuales derivan en normas que regulan nuestra convivencia, desde el punto de vista de la salud y cuidado del medio ambiente en que vivimos, especialmente en las grandes ciudades. Lo anterior implicaría conocer y valorar los argumentos técnicos que se tuvieron a la vista para definir normas que nos ayudan a prevenir ambientes dañinos para la salud, a la vez que estimar los argumentos políticos que se dieron para fijar los índices de contaminación, cuestión que nos lleva a visibilizar los intereses y poderes de distintos actores que se pusieron en juego en esa definición. Lo común de ambos ejemplos es que el conocimiento que se adquiere en las asignaturas se pone al servicio de la comprensión del carácter conflictivo de la sociedad en que vivimos y cómo es que generamos nuestras normas de convivencia social en ese contexto. Son herramientas, no fines en sí mismos.

 

El estudiante es fuente de conocimiento y problematización situada de los contenidos

Por último, no deberíamos olvidar que el estudiante es mucho más que un sujeto con ciertas capacidades cognitivas. Uno de los obstáculos principales para comprender la educación ciudadana como un asunto concerniente a la escuela en su conjunto, es el hecho de reducir a los estudiantes a su carácter de “aprendiz”. Es decir, su función es estudiar lo que nosotros les enseñamos. Claro, podemos proponerles actividades “entretenidas”, “significativas”, pero la mayoría de las veces habría que reconocer que es en un tono infantilizador y desprovisto de comprensión del acervo cultural y político de esos estudiantes. Habría que preguntarse si el estudiante en la escuela no porta también experiencia de justicias e injusticias, de subordinación y empoderamiento. Si asumiéramos este carácter contingente de los estudiantes, de sus penas y esperanzas, nos daríamos cuenta que muchas de las cosas que podríamos enseñarles adquieren un color distinto si dialogan con sus experiencias y expectativas. Educar en ciudadanía es también un ejercicio de reconocimiento del otro y de los y las otras que habitan su mundo próximo, lugar y experiencia desde donde es posible acompañarlos a la problematización de la vida en sociedad. Ello impacta, en definitiva, en la germinación de su potencial como actor relevante de la disputa por su organización, de acuerdo a valores, ideologías y marcos interpretativos, basados en una ética común de respeto y promoción de los derechos humanos de todos y todas.