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Educación Positiva:
El Por Qué de la Psicología Positiva en el Aula

 

La evolución nos ha dotado de lo necesario para humanizarnos, acción que no sólo resulta del desarrollo de la inteligencia lógica, la tecnología y el trabajo, sino que también del propósito de lograr una sociedad de bienestar, donde las personas puedan acceder a la mejor versión de sí mismo y aprender la forma en que se logra la felicidad. La ciencia se vuelve entonces una herramienta que nos acerca a este objetivo a través de una serie de evidencias que resultan de la psicología positiva.

En la búsqueda de este desarrollo social, se develan las variables que influyen en el bienestar subjetivo y la consecución de la felicidad, variables que debemos masificar, siendo la educación formal la instancia más significativa para ello.

Por Liz Fernández Amador

 

“Para que este conocer simbólico se convierta en culturización para la especie, no sólo basta la intención de transmitir conocimientos de manera individual, sino que se requiere la profesionalización y masificación de la formación, esto es la actual educación formal”.

 

“El Homo Sapiens Sapiens es inteligente, lo que supone que es capaz de controlar la naturaleza y no estar a expensas de ella… no se produce la fase de divergencia ni selección natural. No hay adaptación, al contrario, es la naturaleza la que se moldea a éste… los más desfavorecidos no tienen por qué desaparecer, pues se produce una incipiente diversificación de la cooperación entre los distintos componentes del grupo. Ciertamente, la escasa especialización hace de este un ser desprovisto, que necesita la ayuda de sus progenitores en una primera instancia, y de la sociedad en un momento posterior… con el hombre de cromagnon comienza el proceso de humanización”. (Gómez Pérez, 2008, p.105) El homo Sapiens Sapiens nace potencialmente humano y a través de su desarrollo socializado se humaniza cada vez más.

Tenemos emociones que nos permiten sobrevivir y un desarrollo neurológico que nos permite pensar y aprender. “Somos fruto de la evolución genética, de muy variadas formas de adaptación al medio a lo largo de millones de años, y de la aparición de un cerebro grande que permite acumular experiencia, elaborarla y programar la conducta” (Tusell, 2006, cubierta trasera). Pero, ¿qué hay de toda esta potencialidad y disposición biogenética si el intercambio simbólico y comunicativo con otros seres humanos que habitan hace ya más tiempo en nuestra cultura es precario? Podemos aproximarnos a una respuesta a partir de este extracto del artículo acerca de los niños selváticos escrito por el pedagogo español Gabriel Janer Manila:

 

“Alejado del consorcio humano un individuo deja de adquirir o adquiere mínimamente los caracteres humanos. De ahí que se haya observado, contrariamente a lo que ocurre con los animales, que el hombre no está predeterminado antes de nacer

 

 

En otras palabras, lo que Janer expresa es que la socialización se hace esencial para el logro de la humanización del homo sapiens sapiens, influye en el desarrollo biológico, espiritual, cognitivo y comportamental de éste. Esa socialización humanizada se arraiga fuertemente en un conocer simbólico que se crea en el tan esencial lenguaje, ya que con éste se produce un refuerzo de los lazos sociales y familiares, y nos permite interpretar, co-construir e interactuar en el mundo. Aparece entonces la cultura.

Para que este conocer simbólico se convierta en culturización para la especie, no sólo basta la intención de transmitir conocimientos de manera individual, sino que se requiere la profesionalización y masificación de la formación, esto es la actual educación formal. “Educación es algo más que una mera transmisión de información” (Sarmiento, pag.2). Aparecen entonces los docente, y aprendices, y el proceso que entre ellos se desarrolla requiere de ciertas características que le permitan eficiencia.

Y entonces nos queda preguntarnos, ¿Cuáles son las capacidades, habilidades, virtudes y valores que nuestra sociedad busca desarrollar o fortalecer a través de la educación formal? Para dar respuesta a esta interrogante no podemos dejar de lado el hecho de que el ser humano es un ser social por naturaleza, por ende es en la sociedad donde alcanza su plenitud como persona, y no sólo la satisfacción de sus necesidades primarias.

 

PSICOLOGÍA POSITIVA

En el año 1998, el PhD Martín Seligman, en el discurso que inauguraba su periodo presidencial en la Asociación Americana de Psicología (APA) presentó  una nueva perspectiva de la disciplina a la que llamó Positive Psychology (psicología positiva).

La psicología positiva se define como “el movimiento que promueve el estudio científico de las emociones positivas, de las características positivas de las personas y de las instituciones positivas” (Seligman, 2002). Tiene a la base una visión optimista del ser humano, y busca el florecimiento del mismo.

La psicología positiva, en su fin más implícito, busca el desarrollo de una sociedad de bienestar, en la cual las personas puedan aspirar a lograr el propio florecimiento. Diversas investigaciones muestran que esto es factible, e incluso países han comenzado a aplicar las evidencias que la psicología positiva ha aportado con respecto al logro de la felicidad y el bienestar subjetivo. Un ejemplo de esto es Bután, un pequeño país del Himalaya que actualmente cuenta con un ministerio de la felicidad, el cual a través de la medición de la felicidad nacional bruta (FNB)  define parte de sus políticas públicas, entre ellas por supuesto, las referidas a educación, siendo ésta última, parte esencial de la enseñanza para el bienestar.

Las investigaciones han demostrado que “las personas más felices son aquellas que experimentan emociones positivas acerca del pasado y del futuro, disfrutan de las sensaciones positivas de los placeres, obtienen gratificaciones del ejercicio de sus fortalezas y usan éstas al servicio de algo más grande que ellas, lo que le da sentido a su existencia” (Seligman, 2002)

 

EDUCAR LA FELICIDAD Y EL BIENESTAR ES SUBJETIVO

 

“Al ser más felices, también reforzamos nuestra sensación de confianza en nosotros mismos y nuestra autoestima, realmente nos convencemos de que somos seres humanos dignos y que merecemos respeto”.

 

Podríamos pensar que educar para un mayor bienestar subjetivo no es más que un propósito altruista que algunos establecimientos educacionales y docentes podrían asumir voluntariamente a partir de ciertos valores que les motivan, no obstante, siendo esta primera propuesta sin duda enormemente apreciable, existen para la ciencia otra serie de razones que hacen de este fin algo socialmente importante. A continuación un extracto del libro “La ciencia de la felicidad” de la autora Sonja Lyubomirsky:

 

“En comparación con los que son menos felices, las personas más felices son más sociables y tienen más energía, son más generosas, están más dispuestas a cooperar y caen mejor a los demás. Por consiguiente, no es extraño que las personas más felices tengan más probabilidades de casarse y conservar su matrimonio, y de tener una red más rica de amigos y apoyo social… manifiestan mayor flexibilidad e ingeniosidad en su manera de pensar, y son más productivas en su trabajo.

Son mejores líderes y negociadores, y ganan más. Son más fuertes ante la adversidad, tienen un sistema inmunitario más potente, físicamente son más sanas, y hasta viven más.

Al volvernos más felices, no sólo aumentan las experiencias de alegría, satisfacción, amor, orgullo y respeto, sino que también mejoran otros aspectos de nuestra vida: nuestro nivel de energía, nuestro sistema inmunitario, nuestra dedicación al trabajo y a los demás, y nuestra salud física y mental. Al ser más felices, también reforzamos nuestra sensación de confianza en nosotros mismos y nuestra autoestima, realmente nos convencemos de que somos seres humanos dignos y que merecemos respeto. Una última ventaja (tal vez la menos apreciada) es que, si somos más felices, no sólo nos beneficiamos a nosotros mismos, sino también a nuestra pareja, nuestra familia, nuestra comunidad y a la sociedad en general”

 

 

¿CÓMO EDUCAR POSITIVAMENTE?

Los estudios de Martín Seligman evidencian que las variables que influyen en el bienestar subjetivo son cinco, y forman el acrónimo PERMA, en que P corresponde a positive emotions (emociones positivas), E a engagement (compromiso), R es relationship (relaciones positivas), M a meaning (significado) y A es accomplishment (logros). A estas variables se suman el conocimiento y desarrollo de las propias fortalezas y de algunas virtudes como son la gratitud, el optimismo, la creatividad y la espiritualidad. El fortalecimiento de las competencias y habilidades básicas: autonomía e iniciativa personal, social y ciudadana, comunicación asertiva, resolución de problemas y aprender a aprender. Por último, las técnicas de meditación mindfulness, relajación y de regulación emocional.

 

 

En base a estas guías para dar lugar a la educación para el bienestar, se han creado distintos programas de psicología positiva, siendo AULAS FELICES el primero en lengua castellana. Sus autores, el Equipo SATI, un grupo de maestros y asesores dependientes del Centro de Profesores y Recursos Juan de Lanuza de Zaragoza, han facilitado este material de manera online para todo quien desee ahondar en él. Lo encuentras en el link: http://catedu.es/psicologiapositiva

En esta misma línea encontramos “el Programa de Resiliencia Penn (PRP), desarrollado en la Universidad de Pennsylvania. Su plan de estudios y currículum se caracteriza por enseñar a los estudiantes varias habilidades para la vida plena, como el optimismo, la creatividad, la relajación, la toma de decisiones, la asertividad, la resolución de problemas, y la comunicación. A lo largo de las últimas dos décadas, más de 20 estudios con más de 2.000 estudiantes han evaluado el impacto del PRP en comparación con un grupo de control. Los resultados demuestran que el PRP:

 

• Reduce y previene los síntomas de la depresión, la desesperanza y la ansiedad.
• Funciona con la misma eficacia para jóvenes de diferentes orígenes racionales y étnicos.
• Es más eficaz cuando hay un entrenamiento adecuado de líderes y profesores, y cuando existe supervisión recurrente  del progreso del grupo,
• Reduce problemas de comportamiento.

 

Por último, cabe señalar que la educación positiva propone que el bienestar debe ser enseñado, por su valor intrínseco y por su valor instrumental”  (Martínez, Ivanovic y Unanue, 2013)

 

 

LIZ FERNÁNDEZ AMADOR es Psicóloga. Académica de la Universidad San Sebastián. Relatora JAP 2015 del programa de Educación Continua para el Magisterio (PEC) de la Universidad de Chile.