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Responsabilidad colectiva por los aprendizajes
y colaboración profesional

 

Contamos con muchas evidencias sobre cómo la calidad del profesor en el aula es la que mayor influencia tiene en las adquisiciones de los alumnos (una revisión de Hattie, 2009, así lo demuestra); pero -al final- nos importa el “efecto escuela”, de toda la escuela. La calidad y buenos aprendizajes de los alumnos en un establecimiento escolar es una responsabilidad colectiva o compartida, dentro de una escuela que funciona como comunidad profesional con un liderazgo distribuido.

Por Antonio Bolívar (España)

 

La capacidad organizativa de una escuela para mejorar el aprendizaje de los estudiantes es muy dependiente del grado en que la responsabilidad colectiva por los aprendizajes de todos los alumnos forme parte de su cultura, es decir de sus modos habituales de funcionar. Aquí es donde se inscribe la autoevaluación o evaluación interna: los profesores se comprometen en un diálogo colaborativo sobre lo que pasa en la escuela y cómo mejorarlo entre todos, porque se comparten propósitos en la educación de los alumnos. Por eso, la responsabilidad colectiva y el aprendizaje de los estudiantes están vinculados a la participación del profesorado en comunidades profesionales donde los participantes comparten la responsabilidad por monitorear la calidad de la educación, la enseñanza y el aprendizaje de los estudiantes.

 

“Hemos de ser conscientes que el buen ejercicio del profesional docente, como el médico, requiere otros tiempos adicionales. La buena enseñanza es algo más que los esfuerzos de maestros individuales en aulas aisladas, emergiendo como una empresa colectiva en la que trabajan juntos hacia metas comunes para el aprendizaje del estudiante”.

 

Es evidente que esto requiere un tiempo, independiente del que se pasa en la sala de clases. Es un grave déficits de la organización de la profesión docente en Chile, conocido, pero del que ha dado cuenta, en comparación con otros países, la segunda edición (2013) del Estudio Internacional de Enseñanza y Aprendizaje (TALIS, por sus siglas en inglés), publicado a fines de junio. Los profesores chilenos afirman dedicar el 73% de su tiempo de clase en la enseñanza y el aprendizaje reales. El resto de su tiempo se invertiría en tareas administrativas y de mantenimiento de la disciplina en el aula (11% y 15%, respectivamente). También sostienen que pasan 27 horas semanales en la sala de clases, 6 horas de planificación de clases y 4 horas en calificación de pruebas. A esto se une, cuando el contrato es de 30 horas, que tendrá que buscar un segundo empleo para subsistir. En fin, unas condiciones contractuales precarias, como declaraba Juan Pablo Valenzuela, del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile.

Cuando el número de horas lectivas son prácticamente las horas que tiene en el contrato, no queda tiempo para aprender, trabajar en equipo, intercambiar experiencias con los colegas. Hemos de ser conscientes que el buen ejercicio del profesional docente, como el médico, requiere otros tiempos adicionales. La buena enseñanza es algo más que los esfuerzos de maestros individuales en aulas aisladas, emergiendo como una empresa colectiva en la que trabajan juntos hacia metas comunes para el aprendizaje del estudiante. En estos casos, como dice Karen Louis, la interdependencia profesional es fuerte, los profesores prestan atención al rendimiento general de la escuela tanto como a su propia eficacia. La responsabilidad colectiva tiene lugar cuando las experiencias de enseñanza y aprendizaje están organizadas en torno a metas y prioridades compartidas, y todos los docentes están comprometidos a conseguirlas. Una interdependencia profesional promueve resolver los problemas conjuntamente mediante un diálogo reflexivo y colaboración entre colegas.

 

“Por eso, si queremos hacer de una escuela una comunidad profesional, se requiere modificar la forma en profesores interactúan, de modo que el trabajo cotidiano posibilite oportunidades y retos para la colaboración docente”.

 

 

Toda una tradición sobre incrementar la colaboración entre los docentes para construir una visión y fines compartidos de la escuelas han mostrado las ventajas (al tiempo, que problemas) de hacer de la escuela una organización que aprende y desarrolla de modo conjunto. Una escuela que progresa en los niveles de adquisición de los alumnos, entre otros, requiere organizar el trabajo de modo que los profesores puedan aprender unos de otros, el desarrollo profesional está situado en el contexto de una comunidad profesional. El intercambio entre colegas contribuye decididamente a la mejora profesional, entendida como una empresa conjunta al servicio de la escuela. Compartir conocimientos y buenas prácticas, desarrolladas dentro de una cultura de colaboración, es el modo para mejorar la labor educativa de un establecimiento escolar.  En fin, como defienden Hargreaves y Fullan en un libro reciente (Capital profesional. Transformar la enseñanza en cada escuela) el capital profesional de buenos docentes, se ve incrementado cuando trabajan juntos, siendo la base fundamental para transformar la enseñanza en cada escuela.

Por eso, si queremos hacer de una escuela una comunidad profesional, se requiere modificar la forma en profesores interactúan, de modo que el trabajo cotidiano posibilite oportunidades y retos para la colaboración docente. Esto requiere, también, una confianza en las relaciones entre los miembros de una escuela. Una dinámica donde unos grupos dependen de otros, con una visión compartida para lograr el éxito. A su vez, el compromiso por contribuir a la mejora de la escuela, supone una responsabilidad por los resultados, dentro de un rendimiento de cuentas interno.

Como Comunidad Profesional incluye procesos de compartir las prácticas docentes, reflexionar críticamente sobre los efectos de su trabajo, diálogo abierto sobre las estrategias más adecuadas, desarrollo de interdependencia profesional en lugar del individualismo, reflexión compartida e intercambio de prácticas docentes, toma de decisiones democráticas. Esto exige una cultura escolar fuerte, con normas y valores compartidos, diálogo reflexivo, práctica pública y la colaboración. Como señala Louis: “La esencia de la comunidad profesional es que todos los adultos en una escuela tengan la oportunidad de trabajar con otros para el desarrollo y cambio, y que existan las conexiones significativas y sostenidas necesarias para que esto ocurra, Esto ocurre cuando los maestros tienen la responsabilidad colectiva de mejorar el aprendizaje de los estudiantes”.

En este marco, el papel de liderazgo pedagógico de la dirección escolar, como ha puesto de manifiesto la investigación, se centra en fomentar y participar en el aprendizaje y desarrollo docente. Su misión fundamental es “crear el capital profesional de los docentes de la escuela y de su comunidad”, señalan en el referido libro Hargreaves y Fullan. En este sentido, el mejor liderazgo pedagógico consiste en posibilitar estructuras y tiempos que hagan posible “crear y hacer circular el capital profesional al transformar por completo las culturas de escuelas”. El liderazgo se orienta a desarrollar el capital profesional de los docentes: como individuos, como equipos y como profesión”. Al final, una buena escuela es aquella que ha generado la capacidad interna de mejora. Fomentar el trabajo en equipo y hacer de la escuela una Comunidad Profesional de Aprendizaje es la base para contar con mejores profesionales y, de este modo, una buena educación de los estudiantes.

 

ANTONIO BOLÍVAR es Profesor Catedrático de la Universidad de Granada (España).