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¿Crisis de la Universidad?

 

A fines de los años ’60 —del horroroso siglo XX— y en plena reforma universitaria, el profesor de Filosofía de la Universidad de Chile, Castor Narvate, publicó un conjunto de cuatro conferencias titulado Crisis en la Universidad. Si bien el escrito que sigue, apenas un esbozo o una incitación para el debate, no pretende ser ni un conjunto de conferencias ni siquiera una introducción a una filosofía de la educación, está claro que se plantea diametralmente opuesto a las posturas del profesor Narvarte, aunque haya que reconocer que existen algunas coincidencias analíticas con aquél, no sea más que en la preocupación común por el destino de la Universidad como proyecto y como concepto, y por la importancia de la Filosofía como ejercicio y como necesidad.

por Cristián Vila Riquelme.

 

El debate sobre el destino de la Universidad en tanto postulado práctico sigue hoy más vigente que nunca. Luego del receso formativo conceptual y crítico de la primera mitad de la Dictadura, en la cual comenzaron a surgir como callampas y sin mayor fiscalización las Universidades privadas, desprovistas, la mayoría de ellas, de premisas adecuadas y de todo cuestionamiento serio sobre la esencia de la Universidad, la agobiadora situación social, política y económica imperante detonó, como era de esperar, el descontento juvenil y estudiantil, que tuvo diferentes cauces de expresión. Hay que agregar a todo eso que, en medio del conformismo, pudieron surgir universidades con otro estilo u otras intenciones y que si bien el debate a fondo de la esencia universitaria —la tan olvidada Universitas— pudo, tal vez, haberse producido en términos de superficie (no superficiales, por cierto). Éstas esgrimieron, sin embargo, proyectos más acordes a lo que debe entenderse como Universidad, esto es, un espacio de enseñanza y discusión permanente en cuanto lugar en el cual el pensamiento se ejerce y se cuestiona tanto sobre lo que podría llamarse la temporalidad inmediata (el presente, la realidad y los mecanismos que la establecen, la técnica, lo social y lo político, la moral, la historia, etc.) como sobre aquello que se conoce como el devenir (la ética como vínculo en génesis eterna, el placer como actividad genérica del ser humano, el goce como “objetivo” de lo humano, la creación artística como postura ética, la ciencia como cuestionamiento permanente incluido el propio, el enigma de la existencia y del comienzo del cosmos, etc.), ejercicio y cuestionamiento efectuado desde un punto de vista reflexivo y especulativo, y sin más fines que aquel contenido en el concepto mismo de Universitas. Esto es, como ya se dijo más arriba, la posibilidad de ampliación permanente de horizontes y de perspectivas sobre el transcurrir humano y sus relaciones con el transcurrir de la naturaleza —entendida ésta no sólo como el mundo en tanto acontecer referido a sí mismo, sino que en tanto parte de acontecimientos exteriores. En ese sentido, tenemos todavía una tarea por delante.

 

DEFORMACIÓN Y MALENTENDIDO

 

En la actual sociedad, mal llamada “neo-liberal”, la hegemonía del género económico ha hecho no sólo de la Universidad sino que de la cultura en general un mero medio de rentabilidad presente y futura. Esta deformación y malentendido viene de lejos. En los años ’60 criticados por el profesor Narvarte esa hegemonía se expresaba también en la doctrina de la estructura y la superestructura, pues todo era analizado en función de las relaciones de producción que imperaban en una época dada, ya como mero reflejo ya como determinación, en una linealidad que también venía de lejos y que, en ese caso específico, actuaba como comparsa del célebre resultado hegeliano, aceptado por tirios y troyanos, aún vigente, incluso hoy. No había cabida para el homo ludens ni siquiera como destino: era el homo faber que se transformaba en mero homo œconomicus sin respiración. La determinación económica aclaraba el mundo y, de paso e inadvertidamente, construía una nueva opacidad —otro Malentendido—, esta vez enmascarada de progreso técnico y, por lo tanto, del tan soñado como pretencioso dominio sobre la naturaleza. Al mismo tiempo, se postulaba que la Universidad debía estar al servicio de las grandes transformaciones operadas por ese determinismo económico que, como quien saca un conejo del sombrero, se imbricaba necesariamente con el determinismo histórico que llevaba a la humanidad hacia lo mejor o, dicho más seriamente, hacia su realización genérica, para lo cual debía cumplir la consigna “Universidad para todos”, lo que implicaba naturalmente que el horizonte que se proponía, en cuanto Universidad, era aquel de la Universidad como única posibilidad de cumplir no sólo su “destino genérico”, sino que aquel de la sociedad toda.

 

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EL PARÁMETRO ECONOMICISTA

 

“La pretensión, humana demasiado humana, de todo aprehenderlo enrejándolo en leyes determinadas simétricamente y siempre vigentes se ha revelado como un grandísimo fiasco, si no fuera porque además ésta ha sido tapizada de sangre y de brutalidad”.

 

Aquí nos encontramos con dos cuestiones, a mi juicio fundamentales para el desarrollo ulterior de la ideología del homo œconomicus: la dependencia de todo análisis del único parámetro postulado como eficaz, el economicista; y la erección del mito de la “Universidad para todos” como único horizonte de realización personal y colectiva.
Sobre la primera habría mucho paño que cortar: el paso del homo faber al homo œconomicus sin más, entendido este último como aquel que ordena la máquina del mundo según la especulación financiera y de la técnica sin la techné (la τέχνη de los viejos griegos), no es una cuestión que se salda en la linealidad de un supuesto progreso, traicionado o no, ni menos aún en un supuesto “olvido del ser” y, por lo tanto, del ser humano como “pastor o como vecino del ser”, como tampoco en el mero estudio de la “enajenación” genialmente analizada por Marx. Sólo atengámonos al fenómeno general producido por la fortuna que hizo el análisis en términos de determinismo económico —y por lo tanto histórico. Si la cosa no desembocó como querían los viejos teóricos de la revolución en un cambio radical que nos llevaba hacia la realización genérica del ser humano, sino que ese cambio radical se fue por la senda menos esperada, es decir, por el derrumbe de los llamados “socialismos reales”, por el aumento de todos los integrismos y por el triunfo espectacular del kapitalismo —entendiendo lo espectacular en el sentido que postula Guy Débord: «El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes»—, no es porque existan ciertas leyes que podamos interpretar bien o mal y que “castigan”, por decirlo así, nuestra torpeza interpretativa o nuestra pusilanimidad en términos de una acción que cambiaría el destino de la humanidad, sino porque indudablemente los parámetros no son más que eso, meros parámetros.
La pretensión, humana demasiado humana, de todo aprehenderlo enrejándolo en leyes determinadas simétricamente y siempre vigentes se ha revelado como un grandísimo fiasco, si no fuera porque además ésta ha sido tapizada de sangre y de brutalidad. De toda esta tragedia se aprovecharon no sólo los sostenedores del gran kapital sino que los teóricos de lo mismo con los bríos renovados de quienes cambian de nombre en medio del espectáculo (por ejemplo, en vez de universalidad se habla de globalización), pero, en esencia, el homo œconomicus sigue estando allí a la vuelta de la esquina, tanto como proyecto que como único horizonte impuesto por “la fuerza porfiada de las cosas”, sólo que ahora en función del the time is money, que sería por eso la única consigna que nos conduciría a la felicidad humana. El determinismo económico —con el kapital como categoría espacio-temporal ineludible— finalmente triunfó, aunque ahora con otros fines menos acordes al determinismo histórico progresista (valga la paradoja).

 

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UNIVERSIDAD PARA TODOS

 

“…fruto de la demagogia y de la impostura de nuestros políticos y de nuestros economistas (…) se pasó por encima de la esencia de la Universidad y se terminó abruptamente con la categoría social y económica (…) que alguna vez tuvieron las Escuelas Técnicas”.

 

Sobre la segunda cuestión, íntimamente ligada a la primera, no es tanto el paño que cortar. Sencillamente queda claro que la operación de destrucción de las Universidades parte por la destrucción de las Escuelas de Artes y Oficios o, lo que sería lo mismo, de las Escuelas Técnicas, ahora llamadas Institutos Profesionales. Ya se dijo cuál es el papel de la Universidad en cuanto tal, queda entonces por definir cuál es el papel de las Escuelas Técnicas o Institutos Profesionales. Precisamente, sin desconocer la importancia de la manualidad en las actividades intelectuales ni de la actividad intelectual en la manualidad, no deja de ser importante contar en nuestras sociedades con una vertiente de especialización técnica propiamente tal, paralela a lo que podríamos denominar una vertiente de educación terciaria (universitaria). Pero, fruto de la demagogia y de la impostura de nuestros políticos y de nuestros economistas —producto también de esa absurda separación clasista o de casta entre lo manual y lo intelectual—, ya que la Universidad se había erigido como una entidad superior que otorgaba un estatus social de categoría, y como no era posible echar por saco roto la necesaria vertiente de la especialización técnica, la que a su vez bajaba la categoría del estatus social casi como si se tratara de un castigo o un insulto (“no te alcanza ni para una Escuela industrial”, “de usted depende que pueda entrar a la Universidad y no tener que irse a una Escuela técnica”…), se pasó por encima de la esencia de la Universidad y se terminó abruptamente con la categoría social y económica (en el sentido de oikonomos = “ley de la casa”) que alguna vez tuvieron las Escuelas Técnicas —en que la τέχνη de los griegos era la realidad y el fundamento de ellas.

Hoy lo que tenemos es la confusión total de lo que significa una Universidad, en tanto educación terciaria, y lo que significa una Escuela Técnica o Industrial en tanto educación especializada, ambas absolutamente necesarias para el desarrollo pleno de un país, pero cada una en su diferencia y en su especificidad, cuestión que sin lugar a dudas optimiza los resultados, precisamente por esa diferenciación y especificación de tareas y de fines, más que importante a la hora de los presupuestos, las becas, la infraestructura, etc., y, por cierto, de los objetivos. Ahora bien, si una educación secundaria (o ahora llamada de enseñanza media) justifica la terciaria es en la medida en que aquella sea efectivamente una educación abierta y no una mera preparación para una “profesión” planteada en términos del homo œconomicus más que de la apertura del pensamiento como tal; del mismo modo, si aquella justifica la vertiente de especialización técnica es también en la medida en que sea efectivamente una educación abierta y no una mera preparación para una “profesión” planteada en términos del homo œconomicus más que del homo faber. Lamentablemente no es el caso. Cabe decir para terminar este punto que si ambas vertientes existiesen realmente, sin duda se hermanarían en la afirmación del homo ludens —aquél que es el homo del amor fati y productor de la inocencia del devenir—, justificación y meta de toda actividad humana.

 

UTOPÍA Y DISUTOPÍA

 

Pero respecto a la crisis (en términos de κρισις sería cambio, ruptura) queda todavía algo que decir. El profesor Narvarte, en el escrito de marras, dice algo que interesa en más de un punto: «La universidad —se dice por todas partes— está en crisis; no sólo ésta o aquella, sino la universidad como institución de amplitud ecuménica. La palabra “crisis” tiene tan buena aceptación, es tan expresiva, que parece no requerir de ningún añadido. Esta disposición, tan generalizada, no la despoja de su equivocidad. Un mero análisis formal nos advierte que puede aplicarse a un estado de cambio parcial —como cuando se habla de la crisis de crecimiento de un ser vivo— o a una mutación que afecta al conjunto —tal como opera en las llamadas revoluciones— o a una situación que pone la existencia de un organismo en peligro de extinción. En cada uno de estos casos es algo diferente. Cuando se dice que la universidad está en crisis suele apuntarse, sin precisión, a alguna anomalía que le afecta en relación a su más cercano pasado, en el cual encontraríamos una plenitud que se ha quebrado de pronto, o a un estado deficiente que debe ser reparado. En todo caso, la universidad se hallaría alterada y en quiebra su continuidad». La crisis sería, entonces, equívoca, y con mayor razón, si se trata de una crisis universitaria. El tratamiento de ella, si tratamiento existe, debe operar en la multivocidad de lo equívoco, es decir, en la diferencia absoluta, que es siempre una lucha constante entre la opacidad y la necesidad del develamiento. En ese sentido se podría postular que por un lado existen aquellos que tienen miedo de las crisis y por el otro aquellos que las sitúan tal como el arco a la flecha; de los primeros no puede esperarse nada que no sea el mero aferrarse a su espacio docente o directivo —con mayor o menor cinismo, o con mayor o menor des-implicación—, de los segundos se puede esperar al menos una disposición a escuchar las exigencias de lo aconteciente y al observar sosegado de las volteretas de la verdad —siempre sorprendentes, aunque no sea en el sentido extra-moral que postulaba Nietzsche. Por ello, aceptando la realidad de la crisis actual (¿cuándo una crisis no sería actual?, o mejor aún: ¿cuándo es actual una crisis?), es preciso situar la cuestión en la realidad chilena, no ajena a los avatares de la globalización y de las delicias del mal llamado “neoliberalismo” tan reivindicados y defendidos con dientes y uñas por parte de nuestras elites dirigentes. Hay que ser, entonces, realista, como dicen los que saben. The dream is over, cantaba John Lennon a principios de los años ’70. Combinemos, por eso, la utopía y la disutopía; no me parecen del todo excluyentes en las actuales condiciones: en otras palabras, retomemos el ímpetu o “el espíritu” de la reforma universitaria de los años ’60 y combinemos todo eso con el continuum heracliteano de los procesos constituyentes sin olvidar la porfiada realidad del homo œconomicus y las exigencias del género económico.

 

CRISIS Y SENTIDO

 

“Sin base económica y sin proyección financiera, cualquier proyecto de tipo académico en el Chile actual está destinado al fracaso, aunque la esencia del mismo corresponda absolutamente a lo que queremos como educación terciaria, paralela e imbricada con la especialización técnica”.

 

Hagamos, entonces, una última proposición: sabemos que a pesar de la crisis del concepto en su totalidad, una Universidad se analiza y se proyecta en función de a) su Conceptualización, esto es, de sus objetivos académicos y de proyección social, b) su Viabilidad, es decir, de su base económica y su proyección financiera, y c) su Permanencia, esto es, del éxito o fracaso de lo que podríamos llamar su economía política. De lo primero se ha hablado largamente, en cuanto a su esencia, y en función de eso puede hablarse sin problemas de su concreción, ya, como proyecto del pensamiento en toda su extensión (programas de investigación, becas de estudio, metodología de la enseñanza y de la investigación, perspectivas y límites de la expresión, etc.), a pesar de la crisis —y tal vez por eso mismo—, pero sin dejar de lado el detalle, es decir, por un lado, las estrategias de integración al sistema educacional (sistemas de evaluación, carreras viables, excelencia del cuerpo docente, comunidad universitaria, etc.) y por el otro, las estrategias de real influencia en el destino de ese mismo sistema (sistemas de evaluación mutua, innovación en la concepción de las carreras, transversalidad, presencia real y adjudicación de tareas diferenciadas de la comunidad universitaria, etc.) —sin olvidar, por cierto, su proyección activa hacia la comunidad externa. De los dos últimos puntos no puede hablarse más que en función de un análisis concienzudo de lo ya dicho sobre las delicias del determinismo económico, esto es, sobre lo que hemos llamado hegemonía del género económico y que es donde se generan ya sea las llamadas “crisis cíclicas del kapitalismo”, ya sea las “crisis terminales de un modelo determinado”. Sin base económica y sin proyección financiera, cualquier proyecto de tipo académico en el Chile actual está destinado al fracaso, aunque la esencia del mismo corresponda absolutamente a lo que queremos como educación terciaria, paralela e imbricada con la especialización técnica. Y si este punto fracasa, es indudable que el tercero no tiene sentido ni siquiera discutirlo, por cuanto este punto es donde confluyen necesariamente los dos primeros, con el objetivo común de la credibilidad, que sería, ahora sí, el contenido político y social del proyecto, donde el crítico (el κριτικος de los antiguos griegos), esto es, tanto lo que tiene que ver con “el juicio” o “la interpretación” como lo que tiene que ver con “la oportunidad” y con “la crisis”, es la fundamentación de la existencia universitaria y, en última instancia, de su sentido.

 

CRISTIAN VILA RIQUELME es Doctor en Filosofía.