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Iván Núñez, en el Camino de la Historia de la Educación
“Soy un Combatiente Auxiliar”

“Buena parte de profesorado siente que se le atropella o que se desconoce la importancia de su profesión y tienen razón para demandar dignificación, pero también creo que ha faltado -a mi juicio- una capacidad propia del profesorado para hacerse acreedor de dignidad, porque no ha sabido aprovechar oportunidades, instrumentos legales o simbólicos y condiciones que se han ofrecido, sea individual o colectivamente, para avanzar hacia una profesión menos discutible en el escenario de la educación chilena. Cuando Gajardo y compañía se opusieron a la evaluación docente, estaban malversando la posibilidad de haber hecho de los procesos un instrumento de elevación de la condición profesional de los docentes y de hacerla tangible y demostrar que no le tememos”.

por Carolina Ferreira

 

De esta manera presenta Iván Núñez, un nombre inseparable en la Historia de la Educación en Chile, a sus pares del presente. Profesor de Historia, Intendente de Educación durante el gobierno de la Unidad Popular, docente y posteriormente exonerado del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, investigador y asesor técnico del Ministerio durante los períodos de la Concertación, ha elegido a sus setenta y tantos años concentrarse en la historiografía, en el campo propio, en el que más conoce, y en el que ha vivido crisis y persecuciones, pero también las más grandes satisfacciones personales y profesionales.
Egresado del Instituto Pedagógico, como profesor de Historia y Geografía, Núñez ha dedicado su vida a la educación, especializándose como investigador. Realizamos esta entrevista en su casa de Ñuñoa. Una de esas casonas grandes, donde el ruido de José Domingo Cañas no penetra. Núñez es una enciclopedia viviente y relata aquí los hitos más significativos de su carrera, reflexionando también sobre la situación actual de la educación chilena. Y, pese a que ejerció la educación en el aula, dice sentirse un poco alejado de eso y no se anima a llamarse a sí mismo “educador”.

Es que los derroteros fueron otros. En los 60 comenzó a trabajar en la Universidad de Chile y en 1970 fue nombrado Superintendente de Educación, participando activamente en el proyecto de la Escuela Nacional Unificada, ENU. El golpe lo alejó definitivamente de las aulas y lo acercó a organismos de estudio no gubernamentales, como el PIIE y el CIDE. Varias investigaciones y publicaciones dieron inicio a su carrera de historiador, que ahora concentra gran parte de su tiempo.
En su calidad de investigador, fue miembro fundador y Vicepresidente de la Sociedad Chilena de Historia de la Educación. Desde hace varias décadas, es asesor del Ministerio de Educación. En 2008 recibió la distinción de la Orden al Mérito Educativo y Cultural Gabriela Mistral, en el grado de Comendador. Actualmente prepara una Historia de la Educación Chilena con otros connotados especialistas.

 

LA DIGNIDAD DOCENTE

Hay un tópico recurrente en las demandas del profesorado: la Dignidad Profesional. ¿Cree necesaria esta reivindicación?

Había y hay los profes que se sienten individualmente capaces y sienten que la educación está bien o puede estar mejor (me baso en las encuestas anuales del CIDE). Se sienten capaces y contentos y hay un descubrimiento de la vocación que está vivo en muchos profesores. Yo sé que es difícil y nos olvidamos con frecuencia de esa cosa maravillosa de los profesores rurales, y entonces vocación se asimila a sacrificio y también a satisfacción. Pero esto de la satisfacción es tan discutible. Hay mínimas condiciones materiales convertidas en salarios que hay que asegurar, pero pensemos en qué estatus estaría el profesorado si no hubiese habido los aportes que se hicieron. Y eso se olvida; lo que ya se ganó se olvida.

 

¿Cómo se sitúa frente a las movilizaciones?

A mí me han electrizado y me ha impactado mucho los movimientos de los estudiantes, comparto que ellos han permitido mover la frontera de lo posible. Ellos permitieron correr esas barreras, y qué bueno que puedan correrse más, pero me preocupa que ese movimiento haya sido de los estudiantes con los profesores a la cola y me pregunto qué hay detrás de eso y no tengo respuestas claras y eso hay que explicárselo, se está retrocediendo a los 80. Yo creo que hay que saber moverse en el mundo de lo público, en el mundo de la política, hay que saber moverse en la política. Me estoy volviendo leninista. Lenin en eso era clarito: la capacidad de retroceder para avanzar, entregar algo para obtener otra cosa, etc., esa capacidad política no se le puede exigir al movimiento estudiantil, y no hago reproches a la Federación de Estudiantes, pero sí se la hago a las direcciones adultas, porque ellos sí que saben del mundo político, no en el bajo sentido de la palabra, no como oportunismo o cohecho.

 

EL NUEVO ESCENARIO

¿Cómo ve las perspectivas en educación? ¿Estamos en una “crisis”?

Forma parte de mi estado de incertidumbre, de dudas; me alarma lo que está pasando con las últimas iniciativas en torno a la profesión docente que van hacia la depreciación del título, la autorización y fomento de la incorporación de docentes que no tienen una buena formación inicial, este fraude sobre un proyecto de ley que parecía que tenía cosas positivas, nos hacen retroceder a un terreno muy grave. Me preocupa y hay que salirle al paso. Por salud no voy a marchar, ya pasó mi tiempo, hartas marchas que tengo en el cuerpo, pero en este momento estamos preparando una carta con gente muy valiosa donde aportamos nuestros puntos de vista para proponer una mirada a largo plazo. Hay tradiciones que se están rompiendo en la vértebra republicana y estoy dispuesto a moverme, soy un combatiente auxiliar. Como en todos los ejércitos soy de la retaguardia; ahí estoy, en la retaguardia.

 

¿Se siente optimista?

“Tengo fuertes dudas, dolores, desencantos, como también sensaciones de satisfacción, de logros en lo inmediato y además mucha pregunta, mucha incógnita y no sé leer suficientemente el estado en que nos encontramos, y en ese sentido podría decir que soy pesimista o me siento depresivo, pero tengo un optimismo en la mirada larga y dificultades en la mirada de lo inmediato”.

 

Hay una fase que he usado más de una vez al decir que soy un pesimista en lo táctico y un pesimista en la estratégico. Tengo fuertes dudas, dolores, desencantos, como también sensaciones de satisfacción, de logros en lo inmediato y además mucha pregunta, mucha incógnita y no sé leer suficientemente el estado en que nos encontramos, y en ese sentido podría decir que soy pesimista o me siento depresivo, pero tengo un optimismo en la mirada larga y dificultades en la mirada de lo inmediato. En medio de todo este panorama una nota de satisfacción y alegría que me mantiene vital es esta nueva conversión en mi trayectoria desde que jubilé, a la condición de Historiador cada vez más profesional. El hecho de estar ahora incorporado en un equipo con nicho en la Universidad Católica, que está produciendo una Historia General de la Educación Chilena en dos volúmenes (1810-2010). Para este proyecto hay fondos Conicyt de largo aliento. Trabajo bastante en la casa, recibo tesistas, y aprendo poco a poco. Cada día aprendo más.

 

HACIA LA HISTORIA DE LA EDUCACIÓN

 

Su ejercicio ha sido variado. ¿Se define como un educador?

A estas alturas de mi vida me da un poco de pudor definirme como educador porque hace tanto tiempo que no ejerzo la función de aula. Me formé como y estoy en el campo, pero me cuesta, encuentro poco apropiado. A pesar de que me formé como educador y, aunque muy cerca del profesorado, no me siento pedagogo personalmente; no me siento en condición de desigualdad o igualdad, soy observador.

 

Pero usted eligió la Pedagogía por vocación…

Sí, pero me fui retirando y hay diversos momentos de retirada del ejercicio. Un primer momento forzado es con motivo de la dictadura. En 1973 me expulsaron de la docencia, yo era entonces profesor con horario parcial en el Instituto Pedagógico. Estuve varios años alejado pero yo me sentía siempre educador porque era lo único que había hecho. A estas alturas yo tenía amores compartidos  con la profesión de aula y la traicionaba en dos sentidos: Desde 1963, la Universidad de Chile me contrató como investigador en formación en el IDE (Instituto de Investigaciones Educacionales) que dirigía Doña Irma Salas, donde me formé en la práctica hasta 1969. Fueron siete años en esta experiencia que me ocupaba bastante proporción de mi tiempo haciendo docencia e investigación. El potro paso fue un salto al vacío a la calidad o condición de Intendente de Educación del Gobierno de Allende.

 

Del aula al Palacio de Gobierno. ¿Cómo fue ese salto?

Mi trayectoria en educación, en planeamiento y políticas educacionales y también mi trayectoria política tuvieron que ver en la elección de este cargo. Era un cargo político (PS) y funcionario de confianza. Durante la UP seguí en el Pedagógico, con horario parcial de doce horas, en vespertino, hasta El Golpe.

 

Lo exoneraron, lo persiguieron…

Claro. Y me dolió la exoneración. Seguí en el mundo de la educación aunque me daba cuenta que mis experiencias hacían que yo debiera seguir combinando docencia y educación, gestión y política. Del 73 al 80 viví en la marginalidad, en la semi clandestinidad, sufrí prisión pero sobreviví. En 1980 tuve la suerte (en mi vida ha habido mucho de suerte) de ser invitado al PIIE, fundado por Beatrice Ávalos, exiliada, profesional docente, a propósito de desarrollo continuo de otros profesionales y también educadores. Fue uno de los dos o 3 organismos no gubernamentales, marginados y arrinconados, que sobrevivía dentro de la resistencia cultural. Vivíamos permanentemente la angustia, la intimidación de los más o menos cercanos, pero nuestra voluntad de jugarnos en lo que podíamos y sabíamos hacer, por mantener un pensamiento y una capacidad de registrar para poder denunciar las falencias del sistema educativo, eran más fuertes. Hacíamos un tipo de investigación empírica, neutral, propia de la universidad vigilada, sin atisbo de que hubiera un juicio político, con expresiones que no fueran conflictivas, pero nosotros teníamos la disposición que fuera dar cuenta lo que realmente estaba ocurriendo en la educación chilena. Mis experiencias gremiales acumuladas eran útiles en el PIIE y me eligieron director hasta el 1988. Además de unir el aprendizaje de personas con distintas profesiones y de la gestión de centros de investigación, era dirigir en condiciones difíciles una organización. Mi tarea tenía que ver también con las relaciones internacionales y dentro del país, en la esfera no gobierno, que se iba desarrollando: la FLACSO, la Academia de Humanismo Cristiano, todos esos espacios mezclados con el despertar político del país. Fue una etapa que recuerdo con mucha afecto, con mucho agrado. No todo era tragedia, éramos seres humanos jugándonos, pero también podíamos establecer relaciones interpersonales valiosas al interior del túnel.

 

¿Cuándo se inicia como “historiador”, propiamente?

Tuve la oportunidad de iniciarme como historiador de la educación en 1977.  Ocurrió antes de llegar al PIIE, por suerte, también por suerte. Ese año me encontré con un colega que había sido profesor mío en el liceo, historiador también exonerado, Alejandro Soto Cárdenas. Viola Soto, exiliada en Venezuela, con un cargo en la ONU, había diseñado y conseguido que su centro emprendiera una nueva investigación histórica en América Latina, sobre reformas educacionales ocurridas en Hispanoamérica entre 1925-1975. En cada país contaban con un investigador. Alejandro la estaba iniciando en Chile, pero en ese momento le ofrecen un cargo académico en Nigeria. Nos encontramos en un cine. Yo tenía tiempo e interés y me sentía muy seguro de mi formación como profesor de historia del viejo Pedagógico de la Universidad de Chile, porque fue de tal calidad esa formación que mis profesores de historia formaron a los mejores historiadores de la primera mitad del siglo 20 y nos habían acercado al trabajo de investigación.
Desde que jubilé hasta el 2008, es otra etapa importante en mi vida, de nuevo no hice clases, ser asesor del ministro era muy demandante. Lo fui de todos los ministros hasta Yasna Provoste, con distintas intensidades, desde el gobierno de Lagos integré un equipo especializado que para mí fue una experiencia muy rica. Nuestro trabajo se centraba en generar políticas hacia los docentes y tuvimos, por ejemplo, que negociar con el Colproch en una búsqueda de acuerdos entorno al desarrollo de la profesión docente, con inclusión de las dos partes.

 

¿Una dura negociación?

“Me siento satisfecho y no me avergüenzo; al contrario defiendo lo que hicimos; la historia dirá y juzgará todo lo que se logró en esos años, Muchos de los avances en carrera profesional, tan desvirtuados algunos, ya se valorizarán en su exacta medida. Mi sensación es de tranquilidad”

 

Nuestra mirada era enfrentar el conjunto de la profesión docente, no sólo el perfeccionamiento que era el CPEIP, y más específicamente, la evaluación docente en el marco de la buena enseñanza y estímulos profesionales. Defendí el estatuto de la profesión docente. Del 2000 en adelante, trabajé en una política de apoyo a la profesionalización de los docentes, traducida en estas iniciativas, en torno a una evaluación que siempre entendimos de carácter profesional y cómo  funcionamiento laboral. ¿Qué instrumentos podemos utilizar para fortalecer la carrera profesional? Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance, reconociendo que teníamos que negociar con el Colproch, con Hacienda y sus miradas economicistas y su complejidad. Las negociaciones con el Colegio de Profesores tuvieron de dulce y agraz y teníamos que forcejear, paralelamente con Hacienda, no sólo el dinero, sino la forma cómo usarlo dentro de un sistema que funciona de acuerdo con las reglas del mercado. Pero muy distinto habría sido el panorama en educación sin ese estatuto. Desde las bases del magisterio le decían: “El estatuto indecente”, pero el Colproch ahora defiende ese estatuto.

 

¿Cómo se siente, al respecto?

Me siento satisfecho y no me avergüenzo; al contrario defiendo lo que hicimos; la historia dirá y juzgará todo lo que se logró en esos años, Muchos de los avances en carrera profesional, tan desvirtuados algunos, ya se valorizarán en su exacta medida. Mi sensación es de tranquilidad.

 

Carolina Ferreria es Directora de Revista Perspectiva y Coordinadora de Extensión y Publicaciones del PEC.