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Jorge Olivo Lillo

Profesor que ejerció su práctica pedagógica, durante 20 años. Iniciando su ejercicio docente, en el Instituto Superior d Comercio N° 2, INSUCODOS en 1971. Posteriormente, 1992, derivó al mundo de la capacitación y desde 2009, coordina procesos en el CPEIP.

 

En el Programa del Gobierno, respecto a la Reforma Educacional, dice lo siguiente: “Constituiremos en cada región del país un Comité Regional de Desarrollo Profesional Docente, cuya función sea planificar y coordinar acciones de formación continua adecuadas a las necesidades regionales” ( Comités Locales).

Esto es un cambio radical, profundo y necesario en el mundo de la capacitación que debería agregar valor a la Educación Pública, en específico a los Proyectos Educativos Institucionales y a la labor que despliegan los profesionales de la educación. Más, ahora que a partir del 1 de abril del presente año, fue publicada, en el Diario Oficial, la Ley 20903, que crea EL SISTEMA DE DESARROLLO PROFESIONAL DOCENTE, que “tiene por objeto reconocer y promover el avance de los profesionales de la educación hasta un nivel esperado de desarrollo profesional, así como también ofrecer una trayectoria profesional atractiva para continuar desempeñándose profesionalmente en el aula”.

A propósito de lo anterior, nos debiera surgir la siguiente pregunta:

¿Cuales debieran ser los componentes que constituyan un Modelo de acciones formativas para el desarrollo Profesional Docente?

Desde nuestra aproximación debieran ser los siguientes:

El conjunto de actividades de capacitación que se manifiesten deben ser planteadas por los docentes, desde sus prácticas pedagógicas, desde la convivencia escolar , o desde la perspectivas del aprendizaje de los educandos. Estas acciones se debieran materializarse en el Programa de Mejoramiento Educativo.

• En las actividades formativas para el desarrollo profesional docente, en sus diseños, debe primar la praxis sobre lo teórico o lo academicista. De tal modo, que los participantes puedan expresar sus experiencias y compartirlas; sus déficit o brechas y sus propuestas de mejoras, y sus aproximaciones. En definitiva, desde la mirada andragógica, las acciones deben procurar construir un nuevo conocimiento que procure los mejoramientos de las prácticas pedagógicas.

• Debe existir transferencia. Esto quiere decir, que los participantes puedan ir al aula y poner en acción lo aprendido individual y colectivamente, verificando con sus estudiantes el aprendizaje efectivo, desarrollando de las didácticas correspondientes el mejoramiento de los aprendizajes. Posteriormente, compartirán, en la comunidad de participantes curso, los resultados de las distintas intervenciones, ya sea, en comunidades presenciales o virtuales.

• La institución formativa deberá realizar el acompañamiento, vía coach, tutor, mentor o supervisor, mediante la observación de clase u otra instancia que permita monitorear lo aprendido. De tal manera, que a través de la relación dialógica, el participante pueda asumir las oportunidades de mejora de sus prácticas.

• La escuela, mediante las instancias técnico pedagógicas, deberá realizar acciones de seguimiento de lo aprendido por el o los profesional (es) de la educación, con la finalidad de instalar de manera colaborativa y permanente los nuevos aprendizajes.

Lo descrito anteriormente, permitiría que los profesionales de la educación, asuman un rol activo, pertinente y efectivo, en sus trayectorias profesionales, incorporando el mejoramiento en sus prácticas, favoreciendo los aprendizajes de sus alumnos.