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La Literatura en la Escuela

por Mónica Díaz Medina

 

Los seres humanos sentimos la necesidad de expresar, de comunicar, y esto no es propio de los adultos, lo sentimos desde nuestro nacimiento, en respuesta a las múltiples situaciones y experiencias a las que nos vemos enfrentados. Para muchos autores, la primera gran experiencia la constituiría el nacimiento y el posterior desapego de nuestra madre, todo ello provoca en nosotros la necesidad de crear respuestas a todos estos estímulos que recibimos del entorno. Luchamos constantemente entre lo que deseamos y lo que recibimos desde fuera. Es a este espacio lo que la autora argentina, Graciela Montes llama la “Frontera indómita” o “Tercera zona”; la que se va construyendo y adaptando constantemente, y es probable que lo haga durante toda nuestras vidas, porque no es más que la acumulación de experiencias y lo que ellas nos provocan, nuestras sensaciones y sentimientos, que yacen ahí guardados en esta zona, esperando ser liberadas.

 

Esta llamada frontera, pasaría a ser un espacio de libre creación, donde no existen reglas, ni parámetros que la rijan, sino más bien una constante “lucha” de experiencias vividas, deseos, sentimientos y respuestas al mundo que nos rodea.

Si el significado de la palabra educar procede del latín e-ducare, literalmente «conducir desde dentro hacia afuera», es decir, el proceso por el cual el maestro va sacando fuera, al mundo, todo aquello que el estudiante va adquiriendo en su ser, entonces educar va más allá de enseñar, de transmitir ciertos conocimientos, que en muchas ocasiones, se tornan sin sentido alguno.

Si el estudiante no se hace parte de lo que está aprendiendo, si no lo toma y lo hace suyo, difícilmente le servirá, o quizás de cierto modo sí, pero de manera limitada, sólo en determinadas situaciones.

Por el contrario, si los maestros conseguimos hacer parte a los niños de sus aprendizajes, conectándolos con sus experiencias, deseos, sentimientos, en definitiva, con su vida, sin duda alguna esto será educación más que enseñanza.

Somos seres sociales, por necesidad nos comunicamos y expresamos; interactuamos y vivimos; y en base a nuestras experiencias, nos constituimos como seres. No formamos parte de algo, mientras no lo hemos conocido.

Según Graciela Montes, todos nacemos con esa frontera indómita, y en parte, es tarea de la escuela ayudar a desarrollarla, está dentro de cada uno esperando ser explotada, y es ahí donde la escuela juega un rol fundamental.

 

 

Apreciar y Vivir la Literatura

Según múltiples estudios, la primera infancia es fundamental en la conformación del niño como ser humano, es vital entonces definir prácticas escolares conducentes a potenciar esta “zona”, puesto que las existentes difieren mucho de ello.

Por otra parte, la responsabilidad que nos cae a los maestros no es menor, puesto que debemos lidiar con las exigencias propias del quehacer educativo, tratando en lo posible, generar los espacios para que nuestros alumnos se expresen, sientan y creen, más allá de lo estrictamente académico. Esto porque, muchas veces, la escuela es para ellos el único lugar donde son escuchados, tomados en cuenta, cabe la pregunta entonces, si no lo hacemos nosotros, ¿Quién lo hará? Es en este contexto cabe entender entonces que no se puede enseñar lo que no se conoce, lo que no se quiere, lo que no se ha desarrollado. Si yo no aprecio ni vivo la experiencia de la literatura como arte, como medio de expresión, difícilmente podré transmitir esta experiencia a mis alumnos, no se puede amar lo que no se conoce.  

Como seres humanos sentimos la necesidad de expresarnos, pero nos vemos coartados por el mundo real, que nos exige ciertas conductas y respuestas frente a determinados temas o situaciones. Existe un encasillamiento, de lo que es bueno y lo malo, de cierta manera moldea nuestra manera de pensar y sentir, como sociedad, como cultura. Esto decanta en un miedo a expresar, y por sobre todo, a escribir, ya que hacerlo supone de muchas reglas y no saber aplicarlas, es no saber escribir.

En este sentido, señala Montes, la literatura se rige por otras normas, puesto que supone más que el hábito de leer libros, es experiencia, sentimientos, juego, imaginación, en definitiva, expresión del yo interno y la constante interacción del medio. El trabajar en grupo, aprender a debatir, a discutir sin enojarse, a respetar las opiniones diferentes de las propias, esto muchas veces los maestros no lo realizamos por miedo a ver un desorden en la sala de clases, provocando la pérdida estas situaciones de convivencia.

Ciertamente los niños de cinco y seis años, que ingresan a primer año, están lejos de ser tabulas rasas, como se creyó en algún momento. La mayoría trae consigo un enorme acervo de experiencias, adquiridas producto de su interacción con el medio, sus familias, jardines infantiles, barrio, medios de comunicación. Sin duda esto muchas veces se deja de lado en las aulas, partiendo de la base que los niños no saben, o no manejan ciertos aspectos del lenguaje, lo que es un error, puesto que los niños traen consigo este lugar, esta frontera, esta cultura ya adquirida, el lenguaje, este goce por el arte de escuchar y hasta leer, en algunos casos, cuentos e historias. Este placer se va acrecentando con los años, se alimenta de las mismas experiencias, pero algo sucede en las escuelas que en vez de potenciarlo, lo liquida, esto se debe a que las exigencias del sistema escolar, no concuerdan con lo que los niños esperan de esta experiencia de leer, la tención llega a tal punto, que decanta en una decepción y nulo interés por desarrollar su libertad y entonces, las experiencias ligadas a la literatura, tratadas en los colegios, no se pueden ubicar en un lugar definido, quedan en el aire, por no tener directa relación con la experiencia de ellos, convirtiéndose así en experiencias vacías, carentes de sentido, por lo tanto pasajeras e insignificantes.

Esta capacidad del ser humano de soñar, sentir, experimentar, imaginar, no es otra cosa que la respuesta que damos a lo que recibimos a diario, y si los niños están insertos en un mundo escolar que no les proporciona estas posibilidades, difícilmente lo podrán encontrar en otras circunstancias, puesto que donde pasan la mayor parte del tiempo, y por qué no decirlo, de sus vidas, es el colegio, y debiera éste encargarse de propiciar espacios para ello, sin embargo en la actualidad esto no es así. Los centros educativos están cada vez más preocupados de los resultados a corto plazo, de competir por puntajes en pruebas estandarizadas, dejando de lado lo que realmente debiera importarle: la formación integral del niño, como ser humano, como ser que siente, aprecia, y crea. Pero ¿Qué sucede con los adultos que no tuvieron esta experiencia en la niñez? ¿Serán igualmente capaces de apreciar y gozar de la literatura y las artes, si nadie les enseño o ayudó a desarrollar este placer? Nuevamente surge la responsabilidad que le compete a la escuela, y sobre todo a nosotros los maestros.

En este contexto, se hace necesario entonces crear una conciencia, a nivel de educadores también, porque sin duda alguna, somos artífices de lo que serán las futuras generaciones, y mientras permanezcamos aislados, desconectando nuestras experiencias, nuestros sueños de nuestra práctica diaria, seguirán pasando por nuestras aulas cientos de niños, ávidos de sacar afuera sus emociones, pensamientos y sueños; encontrándose con métodos aislados de sus intereses, futuros adultos carentes de sueños.

 

 

Mónica Díaz Medina es Profesora de Educación Básica, Pos-titulo en Primer Ciclo. Universidad de Chile.