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Cuestión de Números

Sacan cuentas, ponen en números y estadísticas ganancias y pérdidas del Estado en Educación, cuantifican millones si cierran escuelas y abren colegios particulares –mejor aún si son subvencionados-, establecen porcentajes para justificar políticas, establecen políticas para disimular ganancias.

por Julia Fernández F.

 

En las casas, los números de la educación se debaten entre las notas que muestran los logros obtenidos o los fracasos desdichados que se escriben en “rojo”, y las cuentas que suelen ser sinónimos de deudas, si hay que pagar; o falta de oportunidades si hay que recibir lo que hay.

Esos números expresan también las abismales diferencias de estatus y muchas veces en la calidad de habilidades y competencias de quienes aprenden o enseñan, y para mal de los docentes se manifiestan en sueldos bajos que luego son números negativos en la cuenta de la vida cotidiana.

Los números no dejan de tocar ni siquiera a la más inocente infancia. En la escuela, los estudiantes son números. El 3, 22 o 46 de la lista. El alumno equis que la “revuelve”, el “ordenadito”, el “conflictivo”, “el hiperactivo” (en estas cuentas el femenino no interesa mucho). Solo los casos especiales son atendidos, para que la norma (numérica, porcentual) siga siendo el faro que guíe y determine por dónde y para dónde, sin entrar en profundas disquisiciones, y mucho menos en “originales” propuestas, porque eso siempre significa para la sociedad uniformada una pérdida, al fin y al cabo.

El número despersonaliza. Despersonaliza pero sirve a un sistema deshumanizado de educación. Los Simces y las PSUs son números tras los que corre toda la sociedad. Escalas que miden éxitos o fracasos, donde Juanito Pérez o Juanita Díaz son una cifra experimental.

En ese escenario mercantil, se vende la publicidad de la “educación personalizada”, referida a una cantidad de alumnas/os por curso que hacen creer a quienes compran el producto educativo que la diferencia entre 48 estudiantes por sala y 25 vale el precio que se paga por ello.

 

   Foto Carolina Ferreira

 

PRECIO, SÍ. VALOR, NO.

El precio se expresa en cifras numéricas. El valor, no.

Esa dificultad en el manejo de lo incuantificable hace que la educación positivista siga instalada como la única posibilidad real de las políticas educativas. Políticas que no apuntan al valor humano, ni al desarrollo de la persona, sino a medidas numéricas (del 1 al 7), donde caben todos los actores en el mismo tipo de saco de cuentas van cuentas vienen: Las carpetas docentes que evalúan a quienes enseñan con la varas correspondientes, las que evalúan a los establecimientos por la cantidad de matrículas, las que evalúan a los colegios subvencionados por las ganancias de los sostenedores, las que evalúan a los colegios particulares por los accesos a las estructuras de poder.

Esas escalas se resumen en el ítem del total en opresores y oprimidos. Los que tienen las mejores sumas pueden acceder a oprimir a otros (porque así lo demanda el mercado social); los que tienen las peores están condenados a la opresión por parte de aquéllos.

Ha sido así desde el comienzo de la historia. Se ha agudizado con las políticas mercantiles. ¿Hay ejemplos que se salven de estas consideraciones matemáticas? Sí, las comunidades que se organizan en virtud del valor.

¿Pero cuánto vale el valor?

 

JULIA FERNÁNDEZ es Docente de Lenguaje.