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La Escuela, Una Incubadora De La Democracia

Jorge se miró al espejo y observó que las huellas del tiempo habían cosechado algunas señales. Y por estas cosas de la vida, como un relámpago, el recuerdo recogió aquel primer día de clases como profesor: 1 octubre de 1971. Antes de enfrentarse a los cursos que le habían dado para impartir la asignatura de Castellano tuvo que asistir a una reunión ordinaria del Consejo de Profesores.

por Jorge Olivio Lillo

 

El Director con una solemnidad muy habitual en aquellos tiempos, inició la sesión dando a conocer los puntos de la Tabla. Posteriormente, el secretario de la reunión, un profesor elegido por orden alfabético leyó el acta anterior. Al instante de terminar la lectura se levantó una mano para indicar algunas objeciones. Don Elías, con una parsimonia propia de quien va a decir un discurso, realizó una descripción del marco referencial, luego dejó que el silencio marcará los tiempos e indicó que en el punto de la Tabla, referido a la Graduación de los Egresados de las tres especialidades que se impartían en aquél establecimiento. Era necesario –dijo- relevar aquel acto por lo significativo que era para los padres y apoderados aquél momento en la familia: Recibir el título profesional.

Posteriormente, una vez que se hubiere aceptado la indicación, el Señor Director del Instituto Superior de Comercio, dio a conocer el nombre del nuevo profesor, y aprovechó para subrayar lo importante que significaba ser un educador y el momento histórico que se estaba viviendo. Se abordaron los puntos restantes de la tabla, con intervenciones diversas, y en donde cada una de ellas eran las palabras marcaban la profundidad y el compromiso propio de los profesores. Terminó el encuentro y el nuevo profesor fue saludado y muchos le dieron la bienvenida. Jorge había vivido la primera lección de convivencia entre pares.

 

 

EL PRIMER DESAFÍO

No habían pasado dos meses y Jorge se cruzó con el primer desafío frente a 800 alumnos. Había sido citado por el la Directiva del Centro de Alumnos, en un subterráneo, para que expusiera sobre un tema crítico de aquellos tiempos: La relación de la Educación con la Política. Por su mente, como una flecha tirada al cielo, se le atravesó aquella frase: “Seamos realistas; pidamos lo imposible” y empezó lentamente a hilvanar ideas que fueron a dar cuerpo a la conexión necesaria de aquellos que querían cambiar el mundo. Los alumnos, en silencio, seguían la construcción imaginaria, para posteriormente atreverse, por primera vez, a hablar en asamblea de un tema que aparecía como prohibido. La escuela había sido un espacio para pensar la sociedad que se quería vivir.

Ser Profesor Jefe eran palabras mayores para aquel novel profesor. Era estar a cargo de la formación ciudadana más concreta dentro del colegio. Había llegado el momento de elegir la directiva y cada candidato tuvo que presentar sus ideas y propuestas. Ganó Santiago. Era el alumno más comprometido y de discurso fluido y atrayente.

 

EL ESTREMECIMIENTO

Sin embargo, la noche cayó sobre el hondo crisol de la patria, y la escuela se estremeció hasta lo más profundo, dejando a muchos sin poder caminar por la tierra que les pertenecía. Y la escuela fue obligada a silenciar los derechos ciudadanos y los días lunes fueron obligatorios los actos cívicos, en donde se fue recorriendo la historia militar de este país, resaltando a los héroes que aparecían en la historia oficial.

Al pasar de los años, tanto porque las verdades a la fuerza cuestan que sean sostenidas o porque los ciudadanos empezaron a conquistar el derecho a ser dignos, la escuela reinició un caminar democrático, de formar ciudadanos. Empero, algunas de las prácticas se quedaron y las murallas no permitieron conectarse con la ciudad.

Jorge, después de muchos años, volvió a marchar con sus colegas, con los alumnos, no solo de su colegio, sino de otros colegios, y con ciudadanos en general, para ejercer en plenitud el derecho de todo ciudadano de querer la educación que él había tenido: una Educación Pública gratuita, inclusiva y democrática.

 

JORGE OLIVO LILLO es Profesor de Estado de Castellano; Post – título en Administración Educacional; Capacitador; Auditor de Calidad; Magíster en Educación © y Coordinador de Equipos. Actualmente se desempeña en el C.P.E.I.P.