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Todos Educamos

 

Estos últimos años el país ha estado atravesado por múltiples manifestaciones públicas demandando cambios en el financiamiento de la educación, que desde el principio han contado con un alto respaldo ciudadano, el que aunque ha experimentado variaciones ha sido siempre mayoritario.

Los políticos y los candidatos declaran estar de acuerdo con las exigencias ciudadanas, porque ven las encuestas. Las manifestaciones no les resultan tan relevantes porque a ellas concurren mayoritariamente los jóvenes, y estos no están votando, pero sí lo hacen sus padres, tíos y abuelos.  Es una cuestión de oferta y demanda, como lo es casi todo en esta sociedad moderna.   La gente demanda una educación gratuita y se le ofrece una solución, a pesar que la respuesta está animada por una estrategia bastante clara de diluir las medidas concretas a la espera que las demandas también se diluyan.

por Andrés Rojo T.

 

POLÍTICA O ECONOMÍA

 

“En Chile se habla mucho de la educación, pero la conversación se ha restringido a la gratuidad y ésta ya se empieza a condicionar en los pasillos parlamentarios. Que sea solamente para los quintiles más pobres, que esté sujeta al rendimiento del estudiante, que no sea gratuidad sino crédito, que sí pero en un plazo de x años.”

 

En lugar de buscarse los acuerdos fuera del Congreso Nacional, como plantean los estudiantes, el Gobierno envía sus proyectos al Parlamento sin consensuarlos con los demandantes. Es como el empresario de las tiendas o de los supermercados que decide que sabe mejor que la clientela qué tipo de productos necesita y le hacen bien, y que en lugar de preguntar impone su oferta a través de la publicidad.

En Chile se habla mucho de la educación, pero la conversación se ha restringido a la gratuidad y ésta ya se empieza a condicionar en los pasillos parlamentarios. Que sea solamente para los quintiles más pobres, que esté sujeta al rendimiento del estudiante, que no sea gratuidad sino crédito, que sí pero en un plazo de x años.

En definitiva, la conversación no es política sino económica, entendiendo que la política se refiere a la solución de las situaciones que aquejan a los ciudadanos y la economía apunta a resolver las demandas de los consumidores. Pueden parecerse estos dos ámbitos, pero sus esencias son diferentes e incluso pueden llegar a ser contrapuestas.

Por eso es que de lo que no se habla es de la calidad de la educación, y este no es un asunto reciente. Un estudio publicado hace algunas semanas por el Centro de Microdatos de la Escuela de Economía de la Universidad de Chile confirmó algo que ya se podía sospechar: El 44 por ciento de los chilenos hasta los 65 años de edad no entiende lo que lee. Eso no es responsabilidad de la municipalización de la educación ni de este ni de los últimos cinco gobiernos.  Alguien que a los 65 años de edad no entiende lo que lee, es alguien que salió del colegio en 1966.

Si la situación no ha mejorado es precisamente porque se necesita gente que sepa lo que enseña. Otros estudios muestran los escasos conocimientos de los actuales profesores, que ya son la generación siguiente de los que no aprendieron en los 60’s y 70’s a entender lo que leían.

Por otra parte, hay que reconocer que la educación se ha convertido en un instrumento de discriminación social. Ya la integración no parece ser un valor que trascienda los discursos.

 

SABER PENSAR

 

De lo que se trata ahora es de preparar a la gente para que sean buenos trabajadores, y ese “buenos trabajadores” lleva implícito que no sean personas críticas ni curiosas. El ideal es que sepan apretar la tuerca que les toca dentro del engranaje de una economía orientada de modo especial a los mercados internacionales. Los gerentes, los ministros, esos van a otros colegios en donde sí se les enseñan otras cosas. Pero tampoco hay que exagerar porque a ellos tampoco se les enseña la curiosidad intelectual sino que están siendo preparados para cumplir con su rol de dirigentes de la sociedad y de las empresas.

Los que saben pensar son otros, son los que se educaron por su cuenta, leyendo, teniendo experiencias, viajando, conociendo el mundo, pero eso no está considerado en los planes curriculares.

Y eso es precisamente lo que se requiere en un país que aspira a convertirse en parte del mundo desarrollado: Que la gente sepa pensar. Si se trata de apretar tuercas, siempre será otro el que dirá cuál es la tuerca que hay que apretar, y siempre cabe la posibilidad que ese personaje descubra que es más barato pagarle a un obrero tailandés, posiblemente menor de edad, que a un chileno que, además, está tan lejos de todo.

Pero si el chileno aprende a diseñar la máquina que requiere que le aprieten las tuercas no sólo podrá dar empleo a sus compatriotas, sino que también generará riqueza que quedará en el país.

Lo que se requiere para echar las bases de una sociedad capaz de progresar es que sus integrantes tengan la habilidad de participar y conducir ese proceso. Eso exige más que saber apretar la tuerca, mucho más que saber recitar las fechas de los hitos históricos: Es aprender a pensar. El que sabe pensar no requiere educación ni instrucción porque es capaz de proveerse por sí mismo de los conocimientos necesarios.

 

LA FAMILIA

 

“Si se quiere que la familia participe como agente coeducador hay que proporcionar las condiciones para que ello pueda suceder. Padres estresados que, hay que repetirlo, tienen escasa capacidad de lectura comprensiva tienen pocas posibilidades de ser útiles y lo más probable es que transmitan a sus pupilos su comprensible frustración y limitaciones.”

 

 

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¿Y dónde queda la familia, esos mismos que en las encuestas respaldan las reivindicaciones de los estudiantes? La política educacional desde hace años enfatiza que su rol es asistir a los alumnos a hacer sus tareas, básicamente, y supervisar su rendimiento.  Difícil misión cuando los adultos del hogar tienen que enfrentarse a trayectos diarios entre su casa y el trabajo que se extienden hasta por tres horas, cuando todos deben trabajar para poder pagar las tarjetas de crédito y las deudas contraídas. Una profesora me contó del caso de un secundario que fue citado a la dirección de su colegio por sus continuos atrasos. La respuesta del joven es decidora: Agradezcan que vengo a clases.  Nadie se daría cuenta si me quedo en la casa.

Si se quiere que la familia participe como agente coeducador hay que proporcionar las condiciones para que ello pueda suceder. Padres estresados que, hay que repetirlo, tienen escasa capacidad de lectura comprensiva tienen pocas posibilidades de ser útiles y lo más probable es que transmitan a sus pupilos su comprensible frustración y limitaciones.

Es fácil decir que los adultos debemos comportarnos como modelos para los jóvenes, pero la realidad es bien distinta y apenas tenemos tiempo, energías y ganas para cumplir con nuestros deberes. Es un círculo vicioso y es la esencia de muchos de los problemas de la sociedad actual.

Se suele decir que los padres son los responsables que sus hijos no sólo no sean receptivos a la instrucción -instrucción no es lo mismo que educación y mucho menos lo mismo que formación- sino que además no sean educados. Cada vez que un joven bota papeles al suelo, raya las murallas o destroza un semáforo en una manifestación resulta cómodo decir que el hogar no les enseñó y los críticos no se detienen a pensar que los “responsables” están haciendo todo lo posible y es que simplemente no pueden más.

En definitiva, no se trata sólo de la gratuidad de la educación. Se trata de la calidad de la educación y, sobre todo, de la calidad de vida del conjunto de las personas que componen la sociedad. Los problemas son de fondo y la crisis de la educación es apenas un síntoma del deterioro social de una comunidad que ha privilegiado la visión economicista por sobre la humanista y que está sujeta a las decisiones de una dirigencia política que prioriza la conquista del poder por sobre las necesidades de la gente.

 

ANDRÉS ROJO es Periodista.