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Para Una Mirada Sobre la Historia Pendiente
“Desprendió un país entero de sus ojos”

 

“Martes Once, la Primera Resistencia” relata el momento justo de la herida principal. El tajo tan profundo que aparece todavía ardiendo apenas se escarban un poco la capa cosmética de las últimas décadas. Allí están los que se sentían tan seguros de la legitimidad de su sueño que minimizaron el impacto; los que renunciaron rápidamente y se internaron en los pliegues del miedo (“nadie se nos sumó en todas esas cuadras que caminábamos con los fierros a la vista” dice un testimonio); están  los que fueron obligados a realizar actos brutales; están, especialmente, los que resistieron desde la precariedad y sufrieron amparados en la convicción de que estaban defendiendo su construcción de un país – comunidad.

por Rosabetty Muñoz

 

A partir de estos testimonios podemos desmenuzar elementos no suficientemente revisados sobre la re-fundación de Chile. La traición, como una de las bases que sostienen el nuevo ordenamiento; la complicidad, dolorosamente ejemplificadas en la espiral de robos, abusos, muertes que fueron permitidas por los mandos militares para envilecer a los más débiles, para hacerlos participar del trabajo sucio. El olvido, como forma sistemática de borrar los valores de una épica y degradarla.

Sabemos que la palabra establece realidades y su poder demoledor fue usado para neutralizar la pasión idealista de los pobladores, militantes de partidos políticos de la Unidad Popular, de los militares y carabineros que adherían al régimen constitucional. Antes de que los aviones bombardearan La Moneda, las amenazas hicieron los más efectivos forados y se preocuparon de que solo las palabras que instalaban una nueva realidad fueran las que se escucharan en todo el país. Al cortar la transmisión de informaciones, se rompió el tejido comunicacional provocando la atomización y dispersión. Cada uno quedó solo frente a los acontecimientos y debió responder con su capital personal: su grandeza, su debilidad.

Por exclusión, el silencio fue otra arma, los valores que representaba el Presidente Allende alcanzaron a oírse en el conmovedor discurso por radio Magallanes pero se convirtieron en palabras clandestinas, sacadas del país en cintas y barridas del lenguaje público nacional. Asimismo el silencio se abatió sobre las historias de estos hombres que vuelven a tener voz en este libro. Sus convicciones, su valor, su consecuencia, cada motivación de sus actos, sus lazos con la historia de la nación, las hondas emociones de saberse parte del sueño más entrañables que hemos tenido como comunidad fueron acalladas y reemplazadas por el discurso de los triunfadores. Con cada bando militar, se introducía, en el imaginario de la población, los contenidos esenciales que inauguran otro Chile: el miedo, el individualismo, el futuro desprovisto de memoria, la banalidad (buena referencia hace el libro a los primeros momentos de la Junta militar cuando en los canales solo se dan monos animados).

Es notable seguir los acontecimientos narrados en Martes Once, la Primera Resistencia y descubrir que el mal comienza con pequeñas y viles acciones que van creciendo hasta volver irrelevante todo lo que nos constituye como comunidad. La perversa construcción de la sociedad que hoy vivimos no es de aparición espontánea, se trata de una larga elaboración a la que todos hemos contribuido por acción /omisión.

Hace una semana se inició una nueva temporada de la serie de televisión Los Ochenta y recordé la temporada pasada que me conmovió profundamente por la lucidez de su propuesta: vimos la caída trágica del héroe; como en los griegos, no solo se trata del personaje Herrera, sino de una manera de ver el mundo que fue demolida por otra que representa una nueva sociedad. Frente al entrañable personaje que se mueve por categorías éticas como la responsabilidad, el respeto al trabajo, la solidaridad con otros trabajadores, la honradez, el valor de la palabra empeñada, aparece el hijo de don Farid encarnando el oportunismo, la falta de escrúpulos, la obsesión por el dinero fácil. El clímax, como en la tragedia griega, expuso la dimensión del dolor de un hombre que se desmorona mientras su antagonista arrasa con la fuerza que obtiene del propio héroe hundido, de los valores que le restan, que aún lo mantienen en pie. Y no puedo dejar de contar que me indigné luego, cuando las redes sociales empezaron a tratar de tonto, débil, estúpido a Herrera (en twitter y facebook y hasta en el The Clinic semanal, se hicieron chistes acerca de la actitud de Herrera). En una violenta paradoja, todos admiraron los esfuerzos del personaje por sobrevivir en los peores años de la dictadura.

 

 

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Se ha hablado mucho de la identificación que siente la familia chilena media con los Herrera y, sin embargo, a la hora de juzgar la caída, el espectador actúa con la nueva mentalidad: esta que aprecia más la “avivada”, la sagacidad para obtener el máximo con el mínimo esfuerzo. Esta misma nueva  “familia chilena” es la que ha dejado a los herrera  lejos, marginados porque ya no cree en sus valores sino como algo romántico para ver en la tv (pero no como para solidarizar con ellos). Es la nueva familia chilena viviendo en casas hipotecadas cercada de rejas, atemorizada, endeudada y apegada a las cosas pero creyéndose feliz porque todavía tiene capacidad de crédito. Esta misma nueva familia chilena es la que  eligió de presidente del país, al hijo de don Farid.

 

ROSABETTY MUÑOZ (Chiloé) Es Profesora de Castellano. Fue Galardonada en 2013 con el Premio Altazor por su libro “Polvo de Huesos”.