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Educarse en Dictadura. Golpe a la Cátedra

 

Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos.

(Jorge Luis Borges)

 

Soy profesor de Historia hace más de diez años. A mis 37, se me invita a escribir unas palabras en relación al golpe de estado y la educación del país. Primera aclaración, cuando enseño esto a mis alumnos (nacidos en 1996), parece que habláramos de fósiles, de batallas perdidas, no tienen la noción temporal (para ellos 1973 es igual a decir 1891 o 1598), pero cuando indagamos no en la cronología, sino en la memoria; la cosa cambia.

por Gabriel Palacios

 

La memoria es un ejercicio particular, tiene singularidades que no caben en la unidad lineal de un libro, lo relevante, como para Ireneo Funes, a veces puede ser la mancha de humedad en la pared, que traspasa enseguida a historias y heridas personales, en un país que apostó finalmente a una memoria de biblioteca, a un timbre de validación y  futuro esplendor, a la asepsia del existir sin ahondar. La memoria tiene una condición de inevitabilidad, se nos cuela desde nuestra experiencia emocional y aparecen nuestros padres, abuelos, familia, amigos, trabajo, el barrio. Frente a eso, la “verdad” construida desde la concesión aparece como una maqueta triste de realidad. En Chile, sin duda se recuerda además desde el relato, desde la calle. Hablar con un abuelo, me recordaba un lonko en Trelehueno hace unos años, es recordar más de cien años. Ahí, mateando frente a uno.

 

NARRAR LO QUE SUCEDIÓ

 

“En todos siempre estuvo el temor, pero a la vez la voz valiente que rompió el silencio y a veces susurrando, dijo. María Elena Durán, Hugo Cepeda, profesores que en esos años, a mi diez y a mis diecisiete fueron narrando, nos hicieron pensar, compartir y proyectar que éramos parte de algo…”

 

Tal como señala, Hannah Arendt, cuando dice que “En la medida en que realmente pueda llegarse a «superar» el pasado, esa superación consistiría en narrar lo que sucedió”, la impunidad del relato, la utilización de conceptualización fallida (¿existe alguien que aún escriba “pronunciamiento”?), por cierto el miedo de muchos a enseñar con amplitud, criterio y firmeza lo que ocurrió, hace que rumiemos siempre la posibilidad de reconocer, finalmente de comprender los procesos recientes. Lo que se narra a medias o de manera acomodaticia, se aprende así. Hace una semana, cuando planteábamos como departamento la necesidad de generar espacios reflexivos reales e interesantes para nuestros alumnos de entre 14 y 18 años, lo primero que apareció fue el temor, “hay que conversarlo con dirección”, “no quiero problemas”, como un deja vú que nos puso treinta años atrás. Las tapas saltan  en nuestra epidermis porque fuimos educados con miedo.

 

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Tuve la suerte de ser alumno de muchos colegios, de convivir con todas las nuevas formas que se iban inventando en dictadura, públicos, semipúblicos, privados. En todos siempre estuvo el temor, pero a la vez la voz valiente que rompió el silencio y a veces susurrando, dijo. María Elena Durán, Hugo Cepeda, profesores que en esos años, a mi diez y a mis diecisiete fueron narrando, nos hicieron pensar, compartir y proyectar que éramos parte de algo, que siguieron la clase después que una y varias veces cayeron lacrimógenas en esos patios coloniales de la escuela básica Blas Cañas, ahí en Carmen con Curicó, donde lo normal era compartir limones y después, como si nada, seguir con la clase. Crecer en dictadura te curte o te anula y esos profesores apostaron a lo primero.

 

MEMORIA Y DOCENCIA

 

“A casi medio siglo de la herida más compleja de nuestro siglo XX, sin duda la labor docente es un motor de cambio, superación y entendimiento histórico relevante…”

 

Hoy, a 25 años de mi educación inicial en historia contemporánea, donde la foto del General y el himno a tres estrofas campeaba lunes a lunes, no puedo sino mirar con cariño y respeto  la labor del profesor. Ahora, ya adulto y con la responsabilidad de enseñar nuestra historia a niños que ya no son hijos, sino nietos del golpe, hay tres cosas que no puedo soslayar desde mi formación inicial. Uno, que la historia es siempre subjetiva y permanente. Segundo, existe una dimensión ética ineludible en nuestra labor ante la cual no se puede generar empates ni omisiones y tercero, más que ladrillos y verdades absolutas, nos falta generar elementos de discusión y dar cabida a las miradas de otros.

 

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No es sólo la violencia del golpe, ni la eternidad de la dictadura después, (más que toda la escolaridad de una persona), ni la transición llena de eufemismos, con el patriarca en los cuarteles todavía y luego en el hemiciclo, lo que todavía resuena; hay que hablar del antes, de lo que fue la primera mitad del siglo en el país, de lo que fuimos urdiendo, las naves que quemamos.

A casi medio siglo de la herida más compleja de nuestro siglo XX, sin duda la labor docente es un motor de cambio, superación y entendimiento histórico relevante, la identidad y la historicidad es un derecho que se construye desde la acción y la reflexión, reverberar las voces, las imágenes y finalmente, lo que hemos sido, nos hace posicionarnos desde una perspectiva mucho más cercana, donde finalmente nos rehacemos y caminamos hacia adelante; sin deshacernos, sino utilizando las mochilas que sin duda todos cargamos, no sólo como peso muerto, sino como depositario de experiencia, dolores y esperanza.

 

GABRIEL PALACIOS es Profesor de Historia y Geografía, UMCE. Postitulo en psicología UC. Postitulo en RSE, UCEN. (C) Coach UC. Profesor del Colegio San José de Chicureo. Profesor Facultad de Ingeniería, UDLA.