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Risa y Educación

por Maximiliano Salinas

 

“La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quien tocar. Tenía boca, pero no tenía a quien hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna. Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos. Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.”

(Eduardo Galeano, Espejos. Una historia casi universal, Buenos Aires: Siglo XXI, 2008, 1).

 

“Akulu ta Nguluche mulei ayen /  Llegar oeste gente hay risa = La llegada de los chilenos trae la alegría”

(Tomás Guevara, Folklore araucano, Santiago, 1911, 47).

 

Las sociedades y las culturas históricas de la desigualdad han comprendido la educación como un proceso fatal y necesario de incorporación a la seriedad. La risa distorsiona los espacios del conocimiento, es parte de la ignorancia. Según el refrán castellano: “la risa abunda en la boca de los tontos”. Esta manera de concebir el mundo ha sido categórica en la mentalidad moderna / colonial homogenizadora a partir del siglo XVI. La educación escolástica de los siglos de régimen virreinal castellano desterró la risa de los escenarios de la vida. El miedo al ridículo fue determinante. En 1805 le decía a su hijo un magnate chileno: “No te vistas sino con la mayor probidad y decencia, huyendo de modas ridículas que no son más que para reírse y poner en expectación a los hombres sensatos.” (Instrucciones de Manuel Riesco a su hijo Miguel, Santiago, 14 de febrero de 1805, en Revista Chilena de Historia y Geografía, 1923, 240).

Con la república la situación no cambió en absoluto. El eclesiástico de la Independencia, cercano a Bernardo O´Higgins, presbítero José Ignacio Cienfuegos, previno contra las carcajadas en su Catón cristiano-político para el uso de las escuelas de la República de Chile de 1819: “Para reír, no darás grandes carcajadas: […].” (Santiago: Imprenta del Gobierno, 1819). Esto de las grandes carcajadas constituía una particularidad de la risa mapuche. “Los narradores cautivan la atención de niños y grandes, [los] alegran hasta hacerles estallar en estrepitosas carcajadas” (Tomás Guevara, Folklore araucano, Santiago, 1911, 8). Manuel Montt, el ministro de Instrucción Pública, aprendió la lección de la Independencia. Decidió, peor, no reírse nunca. Como recordó su contemporáneo Domingo Faustino Sarmiento: “Sarmiento mismo declaró en un momento que había quienes pensaban que Montt no había reído jamás en su vida.” (Iván Jaksic, Andrés Bello: la pasión por el orden, Santiago, 2010, 194).

 

 

Si buscamos una sociedad y una cultura que reivindique la igualdad, de verdad, tenemos que pensar en una educación que acoja y recoja la risa de todos y todas, la vida pletórica de todos y todas. No del uno que es ninguno. Esto significa despojarnos de la apática mentalidad colonial / moderna que arrastramos desde el siglo XVI, y que la cultura republicana no logró ni quiso desasir en los siglos XIX y XX. Una estética de la desigualdad que opuso, maniquea, drástica, a los sabios y a los ignorantes, a los ricos y a los pobres, a los tontos graves y a los risueños.

 

“La seriedad abunda en la cara de los coartados, de los porfiados. De quienes porfían en la reproducción de la exhausta racionalidad colonial de los blancos. De quienes albergan todavía la concepción de una pedagogía destinada a crear ciudadanos de una polis asimétrica, jerárquica, inhibida de comunidad, de diálogo, de encuentro verdadero, cara a cara, entre todos y todas”.

 

Para salir de estas trampas del conocimiento desigual tenemos que encontrarnos con el buen humor de quienes resistieron las exclusiones coloniales, y que hicieron siempre de la comunidad –viva, entrañable, ancestral, familiar, de hombres y mujeres, de niños y adultos – el resorte de su convivir y de su revivir. Me refiero sobre todo a los pueblos indígenas que hoy volvemos a ver como un modelo de convivencia humana y espiritual. Para reírnos de verdad, entre todos, es imposible continuar con los ideales que encandilaron a los educadores absolutistas de los siglos virreinales, y a los pedagogos racionalistas de los siglos republicanos. Como Juan de Zumárraga, el intelectual e inquisidor de la Nueva España en el siglo XVI, el duro de cabeza que no conseguía escuchar a los indígenas. Según el primer obispo de México la “desordenada alegría” el tercer grado de la soberbia (Regla cristiana breve, 1547). O Jorge Millas, el filósofo de Chile en el siglo XX, contrariado ante una bulliciosa reforma universitaria que despertaba la vida y los sueños democráticos de su pueblo. El académico identificó a sus compatriotas con una pretendida cultura apolínea (Idea de la individualidad, 1943). Ninguno de ellos se rió con ganas, se desabrochó con ganas, se despojó de sus límites con ganas, para encontrarse con la desnuda y desmesurada humanidad de una América multitudinaria, reunida a partir de los pueblos indígenas, y sumada a los provenientes de África y del Mediterráneo ibérico (Fernand Braudel, “El otro Nuevo Mundo. América Latina”, en Las civilizaciones actuales: estudio de historia económica y social, México: REI, 1991, 371-399).

La seriedad abunda en la cara de los coartados, de los porfiados. De quienes porfían en la reproducción de la exhausta racionalidad colonial de los blancos. De quienes albergan todavía la concepción de una pedagogía destinada a crear ciudadanos de una polis asimétrica, jerárquica, inhibida de comunidad, de diálogo, de encuentro verdadero, cara a cara, entre todos y todas. Opción cognitiva que ha castigado con el consumo mirón de una modernidad ajena, inacabable y desencarnada. Como se auguró en los días desesperanzados de la tiranía pinochetista: “Condenados a vivir en un mundo donde todas las imágenes de modernidad –y de modernismo- nos vienen de fuera, […], nos encontramos atrapados en un mundo donde todos los símbolos se evaporan en el aire. […]. El futuro de América Latina no será por lo mismo demasiado distinto de su presente: el de una modernidad periférica, descentrada, sujeta a conflictos, […].” (J. J. Brunner, Los debates sobre la modernidad y el futuro de América Latina, Flacso, 1986).

Con ese pronóstico la educación no pudo ser más que un adiestramiento para la incorporación a la fuerza de trabajo capitalista. La educación para el mercado desigual. La escuela entendida como “el Kant de los pobres”. Así de noreuropea, y así de disciplinada. Nada más. En esas condiciones, ¿qué trascendencia puede alcanzar la risa? ¿De qué reírse? (La imagen de la escuela como “el Kant de los pobres”, J. J. Brunner, Tradicionalismo y modernidad en la cultura latinoamericana, Santiago: Flacso, 1990).

Los manuales escolares de historia y ciencias sociales han llegado a ser hoy la aplicación de esta concepción adusta y desencantada de la educación. Diseñados para hacer funcionar las instituciones asimétricas, para el ingreso de los estudiantes al desacreditado reino de la desigualdad apolínea. El difundido texto escolar de historia universal de Ricardo Krebs terminó eliminando del panteón grecolatino a Dionisos, el dios cómico de los jóvenes, las mujeres, y la fiesta. Este es el grado de deshumanización de la educación chilena alcanzada a comienzos del siglo XXI (Ricardo Krebs, Breve historia universal hasta el año 2000, Santiago, 2012). Como consecuencia, las elites burguesas educadas durante la tiranía militar no han logrado siquiera imaginar al pueblo chileno con su risa histórica: desenfadada y carnavalesca. En 2011 Andrés Wood Montt –de los Montt que no se rieron nunca- convirtió a Violeta Parra en una mujer triste y desamparada, como siempre vio la educación moderna / colonial, y sus elites privilegiadas, a la ‘plebe’. Como una masa condenada, por pobre y bárbara, a la violencia, el abandono y la muerte (Andrés Wood M., Violeta se fue a los cielos, 2011).

El refranero popular chileno ha sospechado desde el mundo de la risa del arribismo y de la extranjerización, tan querida por los profesionales educados seriamente en el Norte: ‘Los ricos tienen los brazos largos pero no llegan al cielo’, ‘Al que viste con ropa ajena en la calle lo empelotan’, ‘Mientras más te empinas más el culo se te ve’. Pero sobre todo, proclama el signo cabal de la sabiduría humana: ‘Si eres sabio, ríe’ (Gastón Soublette, Sabiduría chilena de tradición oral (refranes), Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2009).

 

MAXIMILIANO SALINAS es Historiador, Investigador, Docente y Académico de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile. Es autor de En el chileno el humor vive con uno. El lenguaje festivo y el sentido del humor en la cultura oral popular de Chile (Santiago: LOM, 1998), ¿Quiénes fueron los vencedores? Elite, pueblo y prensa humorística de la Guerra Civil de 1891 (Santiago: LOM, 2005), y La risa de Gabriela Mistral. Una historia cultural del humor en Chile e Iberoamérica (Santiago: LOM, 2010), El Chile de Juan Verdejo. El humor político de Topaze 1931-1970 (Santiago: USACH, 2011). De próxima aparición: El que se ríe se va al cuartel! Risa y resistencia en las poblaciones de Santiago de Chile 1973-1990 (Santiago: USACH, 2015).  Premio de Ensayo Martín Cerda. Sociedad de Escritores de Chile (2000).