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Teatro  en la Escuela

En el contexto de las Jornadas de Actualización de Profesores que dicta la Universidad de Chile, los profesores Tania Báez y René Báez desarrollarán un curso que se enfoca en la capacitación de los docentes en el teatro como una herramienta metodológica para ser usada al interior del aula. Aquí un artículo que esclarece la relación teatro educación fundamentada desde lo práctico y teórico.

Por Tania Báez C.

 

Las artes escénicas- y dentro de ellas el teatro – son manifestaciones artístico culturales que se definen por su naturaleza viso auditiva, y por ser tanto temporales como espaciales. Ocurren en tiempo presente y requieren de la presencia  en vivo del espectador para su concreción,  por ello constituyen una experiencia conjunta entre quien la ejecuta y quien la presencia. Para Grotowski,  esto es “la esencia del teatro en cuanto arte –es decir, la relación entre el actor y el espectador, y entre técnica espiritual del actor y la composición de las distintas partes interpretativas.”(1971:11).

A este última conjunción también apela Artaud cuando afirma que el teatro es “una formidable invocación a los poderes que llevan al espíritu, por medio del ejemplo, a la fuente misma de sus conflictos” (1969:53). Ejemplo al que Aristóteles apela en su Arte Poética bajo la denominación de mímesis a la capacidad “connatural al hombre desde niño, y en esto se diferencia de los demás animales, que es inclinadísimo a la imitación; y por ella adquiere las primeras noticias” (s/f: 29). Sin embargo, no se trata de una mímesis simplemente imitativa -en tanto característica simiesca del hombre- sino su capacidad de ocupar el lugar del ‘otro’, moldeándose ante lo ajeno, adaptándose a las pasiones de los demás; representándolas adecuadamente. (Morales, 1992).

Para superar la simple imitación, se requiere el compromiso espiritual del actor en la ejecución de dicha mímesis, lo que se ve reflejado en la composición interpretativa. Es esto lo que finalmente posibilita que “El público, que toma la mentira por verdad, tiene el sentido de la verdad, y reacciona siempre positivamente cuando la verdad se manifiesta” (Artaud, 1969:107), ejecute la experiencia de comunión con la representación, que es lo que finalmente concreta el fenómeno del teatro. El mismo Grotowski define el teatro como “lo que ocurre entre el actor y el espectador. Lo demás es suplemento, tal vez necesario, pero suplemento” (1971:53).

En la Historia del Teatro Dramático, D´Amico señala que el teatro podría definirse como “la comunión de un público con un espectáculo viviente. Por una parte, un público de espectadores: espectadores en plural, no en singular1” (1961:1).

Desde esta posición, el fenómeno teatral estaría determinado por lo que acontece en dicho encuentro colectivo, que no es azaroso sino que versa sobre:

 

…un texto que se ‘escribe’ en un espacio con acciones. Un texto que está construido por un conjunto complejo de signos pertenecientes a diferentes códigos, que se organizan con intencionalidad artístico-expresiva, para provocar en el espectador la percepción de un mensaje único que llega desde diferentes planos. Esta condición de texto múltiple otorga al Teatro su capacidad para seducir y su eficacia expresiva y comunicativa. (Trozzo y Sampedro, 2004:19).

 

Con todo, la dimensión textual del teatro ha sido factor de controversia, dada la multiplicidad de lenguajes que convergen en la escena teatral. La tendencia a reducir el teatro a la obra escrita constituye un despropósito, por cuanto aún sin la existencia previa de una obra escrita en el sentido tradicional, igualmente hay teatro. Así lo corrobora la obra de Samuel Beckett “Acto sin Palabras”, entre otros muchos ejemplos que se pueden señalar. De la aludida multiplicidad de lenguajes que convergen en la escena teatral, la palabra constituye solo uno de ellos, y el sentido de la obra total está determinado por la suma de todos. Por ello, explorar la obra dramática, es mirar solo una fracción de lo que el teatro es.

Ubersfeld lo describe así:

 

… el teatro es el arte de la paradoja; a un tiempo producción literaria y representación concreta; indefinidamente eterno (reproducible y renovable) e instantáneo (nunca reproducible en toda su identidad); arte de la representación, flor de un día, jamás el mismo de ayer; hecho para una sola representación. (1989: 11).

 

De esta manera, el teatro responde a la especificidad de la teatralidad que Barthes (citado en Arana, 2007)  define como ese espesor de signos que construye la escena a partir de un argumento escrito y que constituye el lenguaje exterior de la obra. Goutman (Citado en Arana) concibe la teatralidad como el resultado de una dinámica perceptiva, donde la mirada une a un ‘sujeto mirante’ con el objeto mirado, formando una unidad: sujeto-objeto, en la cual el objeto mirado es concebido como ficción por el mirante o espectador.

De dicha teatralidad depende, entonces, el llamado texto espectacular, entendido como el conjunto de sistemas escénicos dentro de los cuales se considera el texto dramático, del cual emerge la obra total. Este tiene origen en la puesta en escena como proceso que ajusta texto y representación, estableciendo efectos de sentido y contraste entre diferentes sistemas semióticos como el verbal, no verbal, simbólico, icónico, entre otros. Esta constituye la situación de enunciación  del texto dramático. (Pavis, 1998).

En este proceso, el actor  explora su interioridad buscando los recursos para enfrentar la puesta en escena. Ofrenda su corporeidad para brindar existencia física a un personaje, y desarrolla un proceso comprensivo de un texto desentrañando las emociones que de él emergen, para articularlas en acciones físicas que otorguen el sentido a la escena.

Tal proceso exige adiestramiento psicofísico constante, capaz de crear las condiciones para que el ejecutor pueda coordinar acciones físicas y emocionales en el plano de lo público. Este proceso reviste gran importancia para todo aquel que se inicia en la labor creativa:

 

En el caso de la creación artística que nos ocupa ahora, el viaje es un concepto fundamental. Más que viaje habría que decir travesía, pues en este término lo que se enfatiza es el proceso, es decir, lo que va ocurriéndole a alguien en el transcurso de un camino que ese alguien recorre. (Kurapel, 2004: 12).

 

Respecto del proceso de adquisición de las condiciones necesarias para enfrentar el momento de hacer pública la creación, Lecoq añade enfático: “¡No hay que olvidar nunca que el objetivo del viaje… es el viaje en sí mismo!” (2001:25). De esta manera,  cada vez que el acto teatral acontece, sobreviene la fragilidad, el miedo, la incertidumbre frente a lo que pueda pasar. Un actor que sale a escena, sea este novato o experimentado, lo hace enfrentando el riesgo que constituye el ser aprobado o reprobado por el público y regresa, una vez tras otra a las tablas,  para revivir el encuentro o brindarse una nueva oportunidad: es un juego vital donde las emociones in situ son el principal combustible.

De esta profundidad, riesgo y expectativa, deriva la necesidad de que la actividad teatral sea asumida por intérpretes que hayan desarrollado un proceso propio, en el cual hubieren adquirido las herramientas necesarias para dar cumplimiento a dicho encuentro con el público. El mismo Stanislavski confirma esto a unos jóvenes actores americanos que le visitan en Rusia para aprender su método cuando les dice “Ustedes están aquí para estudiar, para observar, no para copiar. Los artistas tienen que aprender a pensar y sentir por sí mismos y descubrir nuevas formas. No deben contentarse nunca con lo que haya hecho otro” (1980: 15).

 

DE LAS FUNCIONES DEL TEATRO EN LA ESCUELA

 

“Cuando el teatro ingresa al mundo escolar, adquiere la categoría de actividad pedagógica, con lo cual supedita sus objetivos primigenios de carácter artístico, a objetivos educativos que se transforman en los principios rectores del quehacer”.

 

Históricamente, se ha atribuido al teatro un sentido didáctico, en tanto medio para inculcar una moral, transmitir creencias y saberes consuetudinarios, difundir ideas, denunciar hechos, entre otros. Pero esta no es su única ni principal función, puesto que:

 

Desde tiempos inmemoriales la misión del teatro -como la de todas las artes- ha consistido en divertir a los hombres. Esa tarea le ha conferido siempre su particular dignidad. El teatro no necesita más justificación que el placer que nos procura (…) una fuente de placer… y de placer para los sentidos. (Brecht, 1970: 109).

 

A esa ‘entretención placentera’ debe el teatro su carácter de facilitador de procesos pedagógicos, puesto que lo que quiera ser enseñado, transita por un camino que seduce los sentidos y entretiene.

Cuando el teatro ingresa al mundo escolar, adquiere la categoría de actividad pedagógica, con lo cual supedita sus objetivos primigenios de carácter artístico, a objetivos educativos que se transforman en los principios rectores del quehacer. En la escuela, el punto de mira ya no será el del creador teatral, sino el del educador y el de los participantes, según su devenir moral, afectivo, físico e intelectual. Con ello, el teatro deja de interesarse por la búsqueda de la perfección artística del producto, en pos de la valoración de un proceso que favorece necesidades afectivas y expresivas de los ejecutores. (Eines y Mantovani, 2008).

Así, el teatro en la escuela opera como “medio de transmisión de la cultura que sirve de apoyo para crear un bagaje cultural no por métodos pasivos sino por procesos vivos y activos.” (Eines y Mantovani, 2008: 168).

 

 

 

EL TEATRO COMO CONTENIDO

La inclusión del teatro en la escuela se da bajo distintas modalidades. Por ser una actividad humana de carácter cultural, puede ser estudiado curricularmente desde sus distintas dimensiones. Por un lado, la producción escrita o dramaturgia, de lo que deriva el estudio de estructura de la obra, personajes, uso de la palabra, funciones del lenguaje asociadas al género, y legado literario que estas obras constituyen o como espectáculo.

El teatro también puede ser un contenido desde la dimensión práctica, cuando se trata de una asignatura curricular que tiene por objetivo desarrollar las competencias necesarias para desenvolverse creativamente en el arte de la representación, o como actividad vocacional extra curricular, en que el hacer teatro para ser representado frente a un público, constituye una actividad con valor en sí misma.
 

 

EL TEATRO COMO PRODUCTO

La escuela también valora el teatro en tanto “bien cultural” (Eines y Mantovani, 2007:17) o producto artístico, frente al cual el estudiante participa como espectador constituyéndose como audiencia de obras de teatro profesional, lo que puede ocurrir dentro o fuera del recinto escolar y se trata de una práctica altamente valorada, tanto al interior del currículum, como por especialistas y miembros de la comunidad educativa. Desde esta representación, el teatro es considerado un producto cultural de necesaria difusión y tanto mejor si va de la mano de la escuela pudiendo transformarse esta en “la única puerta que los hará espectadores activos para toda la vida”. (Eines y Mantovani, 2007: 14).

Sin embargo, es necesario cautelar dos aspectos fundamentales de la distribución cultural: el repertorio de obras que se ofrece al sector escolar; y la calidad de las mismas. Esto en atención a que no existen políticas públicas que regulen el financiamiento, disponibilidad, pertinencia y calidad de las puestas en escena ofertadas al sector escolar, el tema de la gestión, queda a merced de la institución, y supeditado a una relación de oferta y demanda con el mercado objetivo.

La segunda modalidad del teatro como producto, corresponde al realizado por estudiantes para ser recepcionado por la comunidad escolar, coronando actividades conmemorativas dentro de la escuela a modo de actividad transversal. Esta modalidad tiene dos actores fundamentales: el estudiante actor y el estudiante espectador. En atención al valor pedagógico de la actividad, resulta fundamental cautelar la selección de obras que se representan a fin de evitar, como advierte Cañas (1994: 25)sobre:

 

…ese teatro de adultos puesto en boca de actores-niños […] que rompen constantemente la paralela concordancia que tiene que darse entre edad y texto para evitar así extrañas dicotomías, disfunciones entre la realidad infantil y la realidad propia del personaje que representan.

 

Este autor señala la necesidad de que toda expresión dramática con niños se desarrolle respetando su espíritu e intereses lógicos y formales, además de destacar el mundo interior rico y propio, generoso y abierto que los niños y niñas poseen, que sólo espera el empujón para su expresión creativa y desarrolladora.

 

EL TEATRO COMO JUEGO FORMADOR

El juego es una práctica ancestral que el hombre comparte con los animales, sobre todo con los mamíferos en que la similitud es absolutamente evidente. Huizinga (1968) señala que el juego es ante todo una actividad libre que se realiza solo por placer y que pese a que el jugador sabe que este se desarrolla ‘como si’ aconteciera en la realidad, lo desarrolla con seriedad y entusiasmo, motivado por el placer que la actividad significa.

Así, el juego altera la noción cronológica del tiempo para transformarse en un “tiempo aiónico del instante-eterno” (Larrosa, s/f: 14) o presente continuo, pleno de placer, noción que también es compartida al rito, dado que “las esferas del juego y de lo sagrado están estrechamente ligadas. Numerosas y bien documentadas investigaciones muestran que el origen de la mayoría de los juegos que conocemos se halla en antiguas ceremonias sagradas, en danzas, luchas rituales y prácticas adivinatorias.” (Agamben, 2007: 99).

En lo específico, el juego dramático corresponde a una fase del juego simbólico que si bien se desarrolla a plenitud entre los 5 y 7 años, manifiesta su expresión a lo largo del desarrollo del sujeto, caracterizándose por la imitación ya presente en el juego simbólico, incluyendo argumentos, en función de los cuales, se desarrolla un personaje. Así, se improvisan tramas -simples o complejas- a partir de patrones aprendidos en la experiencia cotidiana y se desarrollan, sin necesidad de contar con espectadores para ello.

La práctica de la expresión teatral constituye una metodología en sí misma que consiste en “utilizar el lenguaje dramático con fines nuevos y esencialmente educativos: no para obtener un producto artístico destinado a la representación espectacular, sino como instrumento en manos de los niños y niñas para expresar, comunicar y crear en un proceso de juego” (Tejerina, 1999: 4) y así aplicarlo al tratamiento de múltiples y diversos contenidos para facilitar, a través de su vínculo con el juego, aprendizajes de alta pregnancia por estar anclados en la experiencia y el disfrute plenos.

 

 


1Las cursivas son del texto original.

 

 

TANIA BÁEZ es Licenciada en Artes, postitulada en Dirección Teatral. Profesora de Artes Visuales.
Curso dictado en Jap 2015 ¿Dramatización o teatro?: Herramientas para el Aula.