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“Venceremos”

 

Hace muchos años atrás, cuando egresaba de  4º año humanidades de la época, en el año 1970 y con 17 años de edad, tuve la oportunidad de participar en un programa que estaba implementando el gobierno de la Unidad Popular, para preparar alumnos recién egresados para que trabajaran como profesores de educación básica, en escuelas de los sectores más pobres y abandonados de nuestro país.

por Milar Palma E.

 

Para mí este desafío era muy importante, ya que siempre deseé ser profesora, pero mis padres no estaban de acuerdo. Como ese año no quedé en la Universidad, fue fácil convencerlos y me inscribí en el programa con 2 amigas y compañeras del liceo.

Nos capacitaron durante 2 meses y en mayo del año 1971, me designaron a una escuela en la población Pablo de Rokha, al sur de Santiago. Debía atravesar todo Santiago y levantarme muy temprano para llegar, pero era tan grande mi entusiasmo y deseos de ayudar que no me importaba.
La escuela era bastante grande, de material sólido, estaba rodeada de casas muy precarias, había mucha pobreza, pero afortunadamente estaba bien implementada para el sector donde se encontraba.

 

CAMINO A UN SUEÑO

 

Bueno, de a poco me fui soltando y adquirí manejo con los alumnos, esta experiencia la necesitaba muchísimo, ya que ése no sería mi lugar fijo de trabajo; un grupo de profesores que estábamos en las mismas condiciones y en distintas escuelas establecidas de la zona esperábamos nuestra propia escuelita que la estaban construyendo en el campamento “Venceremos”, ubicado cerca de la población.

Al terminar el mes de julio del mismo año me fui a mi esperada escuelita, otros colegas se fueron a escuelas adaptadas en buses dados de baja. La mía estaba construida de madera, en dos pabellones con 5 salas cada uno, tipo palafitos, los baños eran 4 letrinas ubicadas en un costado del patio, un patio de tierra y sin nada de vegetación, pero para los pobladores y especialmente para los niños era su sueño. Empezamos el proceso de matrículas sin ninguna implementación, nos prestaron una mesa y un par de sillas.

Ahí se inició también nuestro sueño. Llegó una gran cantidad de niños, felices, porque ahora podrían aprender a leer y escribir; en ese momento era su gran meta. En agosto empezaron las clases, cada niño llevaba de su casa una banca o silla y el entusiasmo de aprender, había 3 profesores y un director, a mí me tocó hacer clases a un primer año básico de aproximadamente 90 alumnos y donde asistían niños y niñas desde los 6 a los 12 años, no era fácil la tarea, pero la ilusión de hacer felices a tantos niños y poder cambiar nuestro país era más grande.

 

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Finalizamos el año con un gran esfuerzo y donde entregamos lo mejor de nosotros, hicimos una linda fiesta de Navidad con regalitos muy simples donados por nosotros y en los que me apoyaron mi futuro marido y mis papás y con la ayuda de muchos apoderados que también se comprometieron con este hermoso proyecto. En una ocasión también llevé a mis pequeños al Zoológico, la gran mayoría no habían salido nunca de la población, por lo que para ellos fue una maravillosa experiencia, donde quedaron impactados por el río Mapocho y al recorrer la ciudad, que en esos años era bien distinta a la de hoy, menos autos y muy pocos edificios.

En marzo del año 1972 y con 19 años me casé, la noticia fue tan bien recibida, que los apoderados me hicieron una recepción en el mismo colegio y con regalos para mi nuevo hogar, así transcurrió ese año en mí vida, todo era dicha, a pesar que estábamos viviendo momentos muy duros en lo político. La derecha no podía soportar el entusiasmo de la gente de mi pueblo que al fin se sentía tomado en cuenta. Empezamos a hacer talleres a los apoderados de tejido, costura, estampado y lo más importante alfabetizar, eran tantos los que no sabían leer ni escribir y se avergonzaban ante sus hijos o nietos. Se les entregaba lo que tanto habían soñado y esperado, y que para muchos de nosotros era tan poco.

También en marzo empezamos los cursos de perfeccionamiento a los que teníamos que asistir hasta los días sábados, además debíamos preparar las clases para nuestros alumnos. Nos faltaba tiempo, pero el entusiasmo era más grande que nuestro cansancio. Como éramos muchos los que estábamos en la misma situación, compartíamos experiencias y datos de cómo podríamos conseguir implementación para nuestra escuela, fue así como pudimos lograr que el Ministerio de Educación nos abasteciera de pupitres tipo universitario y muchos juguetes para regalar en la próxima Navidad.

Empecé a trabajar con una profesora guía, ella me apoyó mucho y me dio fuerza para enfrentar este gran desafío. No era fácil empezar sin experiencia, sin los estudios necesarios y además era muy joven, muchas veces en los recreos me piropeaban los alumnos, que casi eran de mi misma edad.

 

EL FUEGO DE LA INTOLERANCIA

 

“Nunca sufrimos de asaltos o robos, en realidad éramos muy respetados por la comunidad, la gente que vivía en el sector era gente buena, trabajadora y muy sabia, solo les tocó ser pobres y muy marginados por la sociedad”

 

Una vez más la oposición no podía aceptar todos estos avances que con tanto esfuerzo, convicción y la ayuda del nuevo gobierno estábamos logrando. Fue así que los primeros días de diciembre se vieron truncados nuestros esfuerzos y al llegar a nuestra escuela, la encontramos incendiada. Sí, un comando de extrema derecha movilizado de madrugada en un auto, lanzó elementos incendiarios sobre la construcción. En el incendio perdimos 3 salas de clases, todos los juguetes estaban quemados y los pupitres destruidos. Es difícil describir el dolor y la pena que sentimos todos al ver tanta maldad y solo por la simple razón de querer ayudar a otros chilenos con menos oportunidades. Una vez más salimos adelante y conseguimos reparar algunas cosas y que nos enviaran más mobiliario y logramos reunir unos pocos regalos para los niños.

Al año siguiente en febrero fui mamá de una hermosa niña, por lo tanto empecé a trabajar en mayo, mi hija asistía a la Sala Cuna de LAN Chile donde trabajaba mi marido, ya que los profesores hasta entonces no teníamos ninguno de esos beneficios. Eran tiempos difíciles por la escasez que se vivía, pero también mis apoderados eran tremendamente solidarios y me ayudaban a conseguir algún alimento, especialmente el pan; los otros no era tanto problema porque donde nosotros vivíamos teníamos una muy buena JAP, dirigida por un sacerdote y muchos jóvenes. El mayor inconveniente era llegar a trabajar, me quedaba muy retirado de mi hogar, vivía en el sector de la Av. Perú (Recoleta) y trabajaba en el paradero 36, entre la Gran Avenida y Santa Rosa. Si perdía la micro que me dejaba en la esquina de la Escuela, muchas veces debía tomar hasta 5 locomociones. En la micro que viajaba habitualmente se movilizaban muchos profesores, es decir casi todos los pasajeros eran profesores de distintas escuelas del sector. Teníamos una muy buena relación y compartíamos muchos ideales, el viaje era largo pero entretenido, nos cuidábamos unos a otros, como también nos protegían los apoderados. Nunca sufrimos de asaltos o robos, en realidad éramos muy respetados por la comunidad, la gente que vivía en el sector era gente buena, trabajadora y muy sabia, solo les tocó ser pobres y muy marginados por la sociedad. En esa época no se hablaba de droga, delincuencia o de tantos embarazos de adolecentes, fue una época de grandes sueños, que se vieron truncados por el golpe de estado.

 

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GOLPE DE ESTADO

 

El día del Golpe no fui a trabajar, tenía permiso para llevar a mi hija al médico a las 10 de la mañana; no podía perder la hora, ya que el pediatra trabajaba muy poco en su consulta, estaba más dedicado a atender en el hospital, debido al paro de los médicos. La consulta estaba en la calle Huérfanos con Teatinos, así es que salí sin imaginar el peligro que corríamos y la magnitud del drama que íbamos a sufrir. En el camino me encontré con el abuelo de una amiga que se puso firme y no permitió que fuera, ahí me di cuenta de lo grave que era la situación. Por la avenida Perú empezaron a pasar camiones y tanques militares del Regimiento Buin, así es que me fui a la casa a esperar mi marido y a escuchar la radio, mientras veía cómo sobrevolaban los aviones que bombardeaban la Moneda. Por un lado daba gracias por no ir a trabajar, pero también me preocupaba la situación de los niños y mis colegas.

El día 13 de septiembre, recién levantado el toque de queda mi suegra nos fue a buscar y nos llevó a su departamento, nos fuimos caminando y un par de veces nos tuvimos que refugiar en la entrada de una casa debido a que estaban allanando  baleando la casa del Ministro Flores.

Después, todos sabemos el terror que a cada uno le tocó vivir. A mi suegra la detuvieron y la llevaron al Estadio Nacional, donde íbamos diariamente con mi cuñada y mi hija en su coche, para ver si podíamos averiguar algo o si saldría en libertad. Un día ella me envío un papelito pidiéndome que por ningún motivo fuera a trabajar, ya que estaban llegando muchos profesores detenidos del sector donde yo hacía clases, gente conocida por mí. El miedo de mi suegra era que ella veía las atrocidades que se cometían dentro del estadio especialmente con las mujeres jóvenes.

 

LA NUEVA EDUCACIÓN

 

“En muchas ocasiones me pidieron dinero para comprar un caldo en cubito, era tan poco lo que podíamos hacer en ese momento, estábamos paralizados por el miedo”.

 

Recién en noviembre volví a trabajar, con mucho miedo y sin saber qué pasaría con nosotras, a muchos colegas no los volví a ver nunca más, no sé qué pasó con ellos; a otros los detuvieron y la minoría seguimos trabajando, pero las condiciones eran muy distintas, primero el miedo, no saber qué pasaría y lo otro que me afectó tremendamente fue la pobreza y el desamparo en que se encontraban tantos apoderados, sin tener para darles de comer a sus hijos. En muchas ocasiones me pidieron dinero para comprar un caldo en cubito, era tan poco lo que podíamos hacer en ese momento, estábamos paralizados por el miedo. Ese año finalizó con una gran pena, ya no teníamos la misma ayuda, ni el ánimo para hacer fiesta de término de clases.

El año siguiente no fue mejor, mejor dicho las cosas empeoraban cada día más, nos cambiaron al Director de la Escuela y llevaron una señora que no tenía idea de educación, ni menos conciencia social, era la mujer de un milico. Nos complicaba la vida, no tenía ningún respeto por los profesores, menos por los apoderados y los niños, en ese tiempo trabajábamos en ese lugar  6 mujeres y 5 hombres. Nuestra escuela había crecido y ya teníamos hasta 8º básico, eso con nuestro propio esfuerzo.

A todas las mujeres que trabajábamos ahí nos molestaba constantemente, por lo que, poco  a poco fuimos pidiendo traslado, lo que no era fácil, porque según la Dictadura sobraban profesores y estaban despidiendo a muchos y a otros me imagino que la táctica era aburrirlos para que renunciaran.

Así en mayo de 1975 tomé la triste decisión de renunciar, triste por todo lo que dejaba y además, porque me marcó mucho la actitud de un alumno de 12 años y que cursaba el primer año básico, me dijo  “profesora si usted se va, yo no sigo estudiando”, efectivamente por lo que pude averiguar no siguió. Al tiempo después debieron despedir a la directora por mal uso de los alimentos destinados a los niños y que ella se llevaba para venderlos.

Después seguí haciendo clases como reemplazante en una escuela, donde me ofrecieron quedarme y fui muy bien evaluada, pero ya esperaba a mi segundo hijo.

Ese es mi testimonio de una experiencia que pudo seguir siendo hermosa y que pudo contribuir a cambiar la historia de nuestro país, pero que se vió truncada por la DICTADURA.

 

MILAR PALMA E. no volvió a ejercer la pedagogía.